Escena del Japón de los años 60, teatro de una ciudad pequeña, la gente de bien ha venido a ver butoh.
Poco tiempo transcurre antes que el público se levante, abuchee, se indigne, se vaya. ¿Qué hemos venido a ver? ¿Cuerpos que vibran, muecas, miembros retorcidos, exhibicionistas que hacen el ridículo? Un insulto al espectador, un desprecio de la escena, un ultraje al arte, un desdén de la vida. El coreógrafo sonríe. Y pregunta: “¿para qué deberíamos ofrecer belleza a la gente que destruye el mundo?” Y sentencia: “Nosotros mostramos lo que hay, mostramos lo que encontramos en nuestros cuerpos cuando nos miramos con unos ojos extrañados.”
Tatsumi Hijikata.
Efectivamente, el vocablo danza aplicado al butoh puede llevar a alguna confusión. Las palabras tienen ese efecto mágico que cuando las usamos nos proporcionan la ilusión de que sabemos de lo que hablamos. Tenemos opiniones acerca de la violencia, del amor, de la guerra, de la justicia, tenemos certezas acerca del jardín, de la piscina, del sol. Cuando en realidad no sabemos lo que es una silla o un martillo, el método de Sócrates no consistía en otra cosa que hacer patente nuestra ignorancia del significado de las palabras. Con tiempo para hacer las buenas preguntas y espíritus que gozan de la retórica, se puede demostrar a cualquiera que ninguna palabra tiene sentido por sí sola. Las palabras tienen efectos de sentido en relación a otras palabras y sobre todo sobre la base de unas convenciones grupales. Hablar es masticar ideas recibidas. Cuando el butoh se presenta como una danza, más de uno se atraganta con sus concepciones de la danza. Para evitar el mal trago, algunos ha acuñado la denominación antidanza.
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