La mente es anónima, ¡estúpido!

Contestar a la llamada de su nombre siempre será una creencia.
Extraña fe en relación a la cual podemos ser impíos.
Pascal Quignard, Les paradisiaques

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Fotografía de Raúl Bartolomé en El Cuerpo en su Mundo 2, agosto del 2018.

Introduzco a veces este juego en los seminarios de butosofia. Invito a las personas presentes a no contestar a la llamada de su nombre, por las tres o cuatro horas que vienen. ¡Qué desastre! ¡Qué profunda obligación la del nombre!

Sin renunciar a la sabiduría de la experiencia, el enfoque que practicamos en los talleres El Arte de nacer pretende reactivar nuestros ojos de niños. La mente infantil es una mente que resuena constantemente en un mundo espaciado. Para una mente así, la escisión entre yo y espacio aun no se ha consumado totalmente. Una visión infantil del mundo es una visión donde el lenguaje aun no tiene un control absoluto sobre la existencia.

Resulta que es sumamente complicado no contestar a la llamada de nuestro nombre. Al principio es literalmente imposible. Los participantes olvidan sistemáticamente esta indicación de no contestar al nombre. Y nos echamos unas risas. Prefieren hacer flexiones, correr en círculo o incluso ir a buscarme un té a la tienda en frente a darse cuenta que su nombre no es una obligación sino una invitación. Cuando propongo a alguien, llamándole por su nombre, romperle los dientes a otro participante, entonces suele darse cuenta de que algo no va. En este momento entendemos que este juego propuesto con un tono ligero echa raíces en lo profundo del cuerpo subconsciente. Hacer oídos sordos al nombre es una tarea ardua. Para nosotros adultos, el nombre es una obligación. Para los niños no es así. Cualquiera que se relacione con niños en temprana edad conoce esta frustrante actitud que tienen: consideran que contestar a la llamada de su nombre es algo meramente opcional. Es que estaba jugando, dicen. Estaban inmersos en el juego, como dice Heráclito del tiempo. Estaban inmersos en el espacio. Peter Sloterdijk llama mente fetal esta mente disuelta en resonancia espacial ajena a la dominación lingüística.

Nosotros adultos somos ciudadanos de bien que conocemos íntimamente la seriedad que le compele a la vida. Para no contestar a la llamada de nuestro nombre, una vez que comprendemos que no es nada fácil y nos interesamos por el juego, comenzamos a desarrollar una rigidez física y mental capaz de hacer crujir los huesos. Oímos nuestro nombre e inmediatamente bloqueamos todo, sujetamos todo, nos convertimos en piedra. Como si sin nombre no hubiese vida. La violenta tracción que ejerce la audición del nombre que nos dieron dura varios segundos. Resistirle exige una atención plena y una determinación férrea. La estructura que contesta al nombre es más profunda que los nervios.

Y luego pasa la ola, volvemos a respirar. Qué colocón. Qué intensidad. Con la práctica, y el tiempo que supone, el nombre vuelve a ser una invitación, como cuando éramos niños. Puedes incluso ir rastreando en el cuerpo donde se enraíza el sujeto, si más en las manos, en el pecho, detrás de los ojos. Vas dándote cuenta de qué parte ansía el nombre, qué parte obedece con mayor ímpetu. Puedes ir mapeando los tejidos que más se identifican con el nombre, que más se someten al lenguaje.

Madurar es el eufemismo con el cual se describe la totalitaria identificación del cuerpo con el nombre que lo nombra. Entonces la fuerza natal está enteramente avasallada al servicio de la identidad, que por muy personal que se conciba no deja nunca de ser social. Esta identidad que nos proporciona el clan o la nación se encuentra supeditada a los mitos y fijaciones que dinamizan el movimiento colectivo alrededor de falsas verdades. Tu nombre es el interfaz a partir del cual seres ficticios expropian la energía de tu nacimiento.

El cuerpo está parasitado por un ser ficticio, enteramente lingüístico, injertado en los primeros años de vida por la oreja, agarrado en lo real subconsciente desde la mandíbula mediante la corrección de la fonación (el bien y el mal de tu tribu sometiendo tu cuerpo mediante la ortopedia del grito). Este sujeto cuelga de una ficción que deniega su ser ficticio. Un individuo, un alma, una consciencia, un cuerpo ideal, o el concepto que sea para encubrir una entidad fantasmagórica. No tiene pies como no los tienen los fantasmas. No tiene relación con la tierra sino con el cielo de las ideas y verdades absolutas. Mediante palabras, imágenes y procesos de significación se apodera de lo que nace a través de las sensaciones físicas, que prueban la continuación entre dentro y fuera, la ausencia de alma, sustancia, consciencia o identidad en sentido noble.

La menta digna es anónima. Es la mente que respira, que dialoga con la gravedad, que siente, que imagina (a tu pesar), que sueña, que maneja los archivos de la memoria, que se orienta en el espacio, que se enamora, que piensa. Es la mente que danza cuando danzar es nacer. El fantasma (o sujeto político) por su parte es enteramente opiniones – inercias mentales – y esclavitud.

La mente anónima y el sujeto evolucionan en mundos distintos. El foco de atención puede derrotar el imperio de la sujeción dejando espacio a la mente anónima. La atención es impersonal. La sujeción cuelga de un nombre – sea un nombre propio, un dios, un valor, un ideal, una nación. Por el contrario, la atención es un fenómeno espacial. Tal vez incluso podríamos decir que la atención es el espacio en movimiento. El sujeto es abstracto. La atención es un nacimiento, un volcán, una efusión, un don, un florecer, una primavera y un otoño. El sujeto es un vampiro, vive a costa de la vida, engorda empobreciendo el nosotros. Encapsula, asfixia, ensimisma. Pon la atención en el espacio que llamas cuerpo. O, mejor dicho, conecta tu atención con el espacio a través del cuerpo para asegurar que el sujeto con nombre y apellido ocupe el menor espacio posible. Mantener dosis mínimas de subjetividad, decían Deleuze y Guattari, para dar la cara en las instituciones. Por lo demás, deja espacio al aire, a la gravedad, al sentir, al soñar, al pensar.

Como escribió Italo Calvino en El Caballero inexistente: Mi verdadero nombre se encuentra al final del viaje.

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