Una celebración absoluta

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Foto de Raúl Bartolomé. Alma negra 42º, Portugal, julio 2018.

Hay mañanas así: uno se levanta como si supiese porqué. Y el mundo tiembla.

Doce de mayo del 2019. Celebramos una jam de butoh matutina. Un sol maravilloso con algo de frescor en la sombra. El día de primavera idóneo, incluso para encerrarse durante horas en un estudio de danza. Hoy voy a bailar – casi tengo ganas de ponerle una B mayúscula a bailar. Voy a Bailar. Como una bala atravesaré este mundo.

En Canadá se celebra el día de la madre el segundo domingo de mayo. En España el primero. Nunca coincidirán.

Este domingo, día de la madre en Canadá, mi madre hubiese cumplido 70 años. Ella no quería. No quería envejecer hasta que fue demasiado tarde. Sucedió en 1996, entre la mañana del diagnóstico y la noche eterna pasaron 36 días. Fulgurante. A mi madre le gustaba decir que la vejez no era para ella, que no le interesaba pasar de los 50 años. Supongo que lo habrá dicho así en algún momento de muy joven, habrá hecho gracia alrededor suyo, y para reactivar el pequeño subidón emocional se habrá puesto a repetir la frase hasta que se la creyó. Muy adentro en las tripas. En su lecho de muerte escribió una carta a su madre, mi abuela, para pedirle perdón por haberse equivocado de deseo.

Mi madre también repetía constantemente que quería vivir al sol, lejos de Canadá. A mí me gusta la nieve, la soledad, el silencio, el frío y aquí estoy en Madrid subsanando el sueño de la vieja. También heredé de mi progenitora el deseo de morir. Hay que imponerse a los padres e ir un poco más lejos. Yo fije a los 30 la edad que no había que superar.

Fue en 2003. Tenía 21 año. No quería vivir en este mundo que me vendían, pero sí que quería explorar caminos que parecían escondidos e insólitos. Hice lo que imaginé como un pacto con el diablo: viviría hasta los 30 sin prohibirme ningún pensamiento. A esa edad uno piensa con su vida entera. Pensar algo es abismarse en este pensamiento. Después, antes de los 30 años, efectuaría el salto por la puerta abierta de la cual dice Epicteto que está siempre abierta. Así era el plan.

Comprendí en los años siguientes que lo que había hecho se asemejaba más a un pacto con lo divino que con el diablo, o bien, mejor dicho, entendí que el diablo y lo divino conviven en la misma casa y lo comparten todo. De los 21 a los 29 viví sin futuro. Hice el amor lo más que pude, abrí todas las puertas a mi alcance, bebí lo que debería haber bebido en 40 años, olvidé lo que eran los relojes y los calendarios, dije sí a todo lo que no entendía, escribí una tesis doctoral por la cual recibía algo de dinero mensualmente, pero la escribí por pura pasión, de noche, con mucho vino y humo. Por pura pasión porque desde siempre, antes de leer, antes de la escuela, sabía que justicia y libertad son como divino y diabólico: conviven en la misma casa y lo comparten todo. Y si no es así este mundo no vale la pena. Si justicia y libertad no están enamorados perdidamente, si la libertad solo se conjuga en plural y la justicia es venganza, entonces estamos mucho mejor muertos.

El 6 de mayo del 2011 cumplí 29 años. Celebré mi cumpleaños de una manera especial. Tan especial que no he vuelto a celebrar mi cumpleaños desde entonces. Nunca llegaré a los 30. El 6 de mayo del 2011 estaba en la Subbody Butoh School, viviendo el sueño, y presenté una pieza corta inspirada en las imágenes de mi madre moribunda. Quería darle las gracias por haberme traído al mundo. Quería celebrar el nacimiento. Durante las dos semanas anteriores y los dos meses que siguieron mi aniversario, vomité, defequé en la cama, deliré, me dormí sobre el inodoro, solo comí arroz blanco y yogur, vi a mis órganos flotar alrededor mío, hice amigo con un árbol, perdoné a las avispas que desayunaban conmigo, cagué una mucosa rosácea muy larga y densa y pestilente hasta lo inimaginable. Y lo supe enseguida: había cagado las ganas de morir.

Por debajo de las ganas de morir no yacen las ganas de vivir. Están unas ganas absolutas, sin vínculos ni ataduras, absueltas de culpas, por encima y por debajo de todo eso – sea lo que sea eso.

Eso es el butoh: una celebración absoluta.

Mientras bailo recordando el cuerpo vetusto de mi madre, con la mitad de su peso, tratando de comprender qué se siente siendo un montón de huesos en una bolsa de piel. Mientras me seco como sus labios que olvidaron cómo dar besos. Mientras intento imaginar cómo es la garganta de una madre muy joven a la que le roban el poder presenciar el devenir de sus hijos. Mientras me retuerzo entre tensiones, mocos, lágrimas, gimoteos, muecas, gritos ahogados, estoy agradeciendo a la vida entera. Estoy haciendo las paces con mi nacer, me estoy arrodillando ante el origen, me estoy abriendo a todo el pasado que resurge atravesándome, atravesándonos.
Nada que ver con expresar el dolor, nada que ver con danzar el sufrimiento, nada que ver con asustar a la gente, nada que ver con un culto a la fealdad, nada que ver con sanar ni con terapia, nada que ver con todas estas bobadas con las cuales alguna gente piensa entender el butoh.
Una celebración absoluta que abraza todo el devenir.
Una celebración así no se danza dando vueltas con los brazos abiertos, con la melena al viento, con una sonrisa gigantesca, en un prado verde con un caballo de fondo. Una celebración absoluta no es una publicidad de champú. No se nace sonriendo.
Hace tanto tiempo que veo cuerpos asomarse a atisbos de liberación que ni siquiera consigo entender cómo estas muecas y torsiones pueden estar asociadas a la fealdad y el dolor. Pero lo escucho a diario. Y me apena en secreto pensar que no ven la maravilla de las maravillas. ¿Cómo enjuiciar una vida? ¿Cómo valorar un cuerpo?

El erotismo, escribió Bataille, es la aceptación de la vida hasta en la muerte. Kazuo Ohno, al invitarnos a bailar, decía que el butoh es hacer el amor a la vida.

Hoy diría que el butoh es la aceptación de la vida hasta en la muerte.

Una celebración absoluta. Una danza que abraza el cáncer, la enfermedad, los caballos, los sueños, los miedos, las asimetrías, la belleza, el abismo, la muerte, la decadencia, los colores prohibidos, etc. Un sí que se afirma saltando. Un suicidio en vida. No hay que salvar nada.

Nunca cumplí 30 años. Aquel 6 de mayo del 2011, en la Subbody Butoh School, cumplí millones de años.

Este año Kinjinki cumple 60. La pieza en el origen del butoh sucedía casi enteramente fuera de luz. La luz es una celebración de todo lo que no ve. La luz es una oda a la oscuridad. No eliges bandos. Salta. Salta tan lejos que cualquier identidad se vuelve inconcebible. Absoluto.

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Una respuesta a Una celebración absoluta

  1. elcuerpoensumundo dijo:

    Ay hermanito!
    Gracias por tanta pasión rauda evaporandose del lenguaje.
    Abrazos desde aquí

    C.

    ______________________________
    http://www.ferychar.wix.com/site
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    Flickr: Carlos Osatinsky

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