Nictofilia. Sobre una metáfora marchita

El butoh es de la oscuridad o no es.
Natsu Nakajima

Que se me entienda bien, lo que llamo oscuridad es claridad para los niños.
Tatsumi Hijikata

De sus escapadas en los abismos del pensar, el poeta trae de vuelta algunas imágenes capaces de detonar belleza en el mundo cotidiano. Los aventureros de los confines de la experiencia humana, regresando de sus incursiones hacia el borde abismal del psiquismo, siembran metáforas cuyo perfume corroe las cadenas que atan a los seres humanos a su miseria existencial. Estas imágenes y metáforas florecen, liberan y se marchitan. Estas parábolas nos sirven para resonar con el reverso del mundo convencional, liberándonos parcialmente de la carga de la realidad. Ocurre a veces que la imagen del poeta pasa de ser una ventana para la emancipación a ser un principio organizador del anverso del mundo. Metáforas secuestradas y pervertidas. Ya no desempeñan un papel de trampolín hacia lo inexplicado sino que encauzan la circulación de lo conocido. Ensimisman en lugar de abismar. Adormecen en lugar de despertar. Nuevos poetas vendrán y sus sueños lúcidos, al brotar, agrietarán las antiguas imágenes marchitas y petrificadas.

Jhony.-2499

Cien demonios en soledad. Fotografía de Raúl Bartolomé.

No deja de extrañar la persistencia de la idea que une el bien a la luz. ¿Cómo tanta gente puede permanecer ciega a la violencia intrínseca al concepto de luz? Horkheimer y Adorno, en su Dialéctica de la Ilustración, se cansaron de adular el bien porque, afirmaron en 1942, la luz del bien quema el mundo que ilumina. Cuando por añadido el ideal de luz se concibe en oposición frontal a la oscuridad, desplegando una retórica de guerra a muerte entre partes del universo, entonces nos encontramos claramente frente a la estupidez. Quien opone la luz y la oscuridad confiesa que no ha pensado en el tema más de un par de minutos.

Desde sus orígenes, la luz se asocia al saber y el saber al bien. La oscuridad era el no saber, la ignorancia. La luz abría una ventana hacia otra manera de ver, de mirar, otra perspectiva sobre la realidad compartida. Ya no. Hoy en día, la luz es una parte esencial de nuestra desdicha. El sucedáneo del saber y la información circulan abundantemente. Sabemos desde décadas que la sabiduría brilla en relación a la ignorancia, al no saber, que la sabiduría no es sinónimo de razón y luz sino que se teje en situación, en movimiento vivo donde los parámetros de la acción no están codificados. No saber es una condición necesaria para tener la oportunidad de momentáneamente convertirse en sabio. Pensar necesita del vértigo. La luz, aunque de pacotilla, es nuestro mundo. Suelos firmes, vidas aseguradas, abismos prohibidos. No podremos escapar de nuestra esclavitud repitiendo luz, luz, luz como un mantra new age. La palabra luz ya no contiene ninguna promesa digna de ser perseguida.

Tres argumentos.
1. La luz es violencia.
2. Necesitamos de la oscuridad para vivir y pensar.
3. Luz y oscuridad se pertenecen como día y noche, solo los espíritus malvados, guiados por el resentimiento, los enfrentan en lógicas bélicas.
Consecuencias. El surgir de la violencia acontece más allá de la oposición de la luz y la oscuridad, oposición que solo tiene sentido para quien vive inmerso en un miedo que no se atreve a reconocer.

1. La luz es violencia. Si pensamos la vida como un fenómeno del nacimiento, como invito aquí continuamente, si valoramos el instante del nacimiento, entonces la violencia de la luz aparece en todo su esplendor. Quien se preocupa de la llegada de las criaturas humanas al mundo común desde el universo uterino cuidará que la transición acontezca con luz mínima. Un ambiente cálido, sereno, sin palabras ni muchos ruidos, en penumbra. Nacer ama la oscuridad, resuena en lo invisible, rehúye de la iluminación. El exceso de luz es una agresión a los seres nacientes que somos. Al salir de la noche y de los sueños, cualquiera puede experimentar una versión descafeinada de esta violencia, de esta agresión.

2. La luz es violencia en segunda parte porque es una colaboradora indispensable de todas las empresas de control social y de represión política. La libertad, escribe Quignard en Las sombras errantes, está íntimamente ligada al hecho de no ser visto. Innumerables mitos relacionan el amor con la imposibilidad de ver. El amor con la oscuridad. La luz omnipresente camina mano a mano con la necesidad de verlo todo para controlarlo todo. Quien sacrifica su energía poética a las metáforas de la luz nutre la materialización de un mundo sin recovecos donde amar.
No es fácil hablar en el mundo de hoy donde todas las palabras son susceptibles de servir la mentira. Cuando alguien cree en una palabra, da validez y vida a todo un paisaje conceptual, quiera o no. El paisaje donde brilla la luz ya no ofrece vías de emancipación. Metáfora marchita.
Necesitamos oscuridad para dormir y necesitamos dormir para el buen vivir. Necesitamos la noche a la cual la humanidad contemporánea ha declarado la guerra. Recientemente un estudio científico daba cuenta de la mutación del comportamiento de muchos mamíferos: criaturas diurnas comienzan a vivir de noche para huir de nosotros. La luz pertenece al mundo de los ángeles: es una negación del deseo y la animalidad.

3. Oponer la luz y la oscuridad es no entender ninguna de las dos. La luz ciega. Los habitantes de la cueva de Platón, al salir de su mundo de sombras, hiperexpuestos a una nueva luz, no pueden ver. La luz nueva es oscuridad. Y el recién emancipado, al volver a la cueva para fomentar la emancipación de sus congeniaros, está de nuevo totalmente cegado por la súbita disminución de la luz, ni percibe el mundo de sombras que mantiene hipnotizados a los habitantes de la cueva y que antes veía perfectamente. La exposición a la luz excesiva intensifica nuestra sensación de oscuridad. Y viceversa: la ausencia de luz matiza la oscuridad y comenzamos a ver. Desde este ángulo, luchar contra la oscuridad es precisamente apagar las luces, pues sin luces lo oscuro ya no lo es tanto.

En Oriente, la luz y la oscuridad también se comprenden mutuamente, una pudiendo convertirse en la otra en cualquier momento, una siendo la otra según como se mire. En el budismo tibetano de los sueños, el monje se entrena en tomar las riendas de su vida onírica para poder orientarse mejor en el bardo, el mundo entre vidas. Según cuentan, al morir se entra en el entremundos, de tesitura similar a los sueños. La mente soñadora y sus patrones memorizados se dirigen entonces, más o menos a la deriva, hacia su próximo nacer. La práctica de los sueños lúcidos tiene como objetivo posibilitar la lucidez en el tránsito entre vidas y poder elegir su próximo destino con un extra de consciencia. Cuánta mayor la luz elegida en el bardo, más alta la vibración de la vida futura. El problema es que la mente soñadora teme las luces fuertes porque no puede ver, no puede reconocer, no puede realizar el salto de fe exigido para entrar en las existencias elevadas. La mente soñadora, por condicionamiento previo, elige luces mitigadas, vidas normales, existencias de rebaño. El monje se entrena en inmersiones en la oscuridad con el fin de poder elegir la luz la más fuerte. Navegante de la oscuridad, sabrá orientarse sin necesidad de ver. No me preocupa aquí lo verosímil que resulta esta cosmovisión. Solo quiero hacer patente el fracaso filosófico de quien rechaza la oscuridad para elegir la luz.

No se puede elegir la luz rechazando la oscuridad. Solo un abrazo a la oscuridad puede revitalizar esta antigua metáfora que quería dinamizar el bien hablando de luces. Sin una defensa en carne y hueso de la oscuridad, no se hace sino participar del asalto del capitalismo a la noche y los sueños, asalto descrito por Jonathan Crary en su libro 24 / 7. Nictofilia es amor a la noche, a la noche prehumana, no hablo aquí del barullo nocturno del centro de la ciudad. Nictofilia es amor a los sueños, a las estrellas, a las sombras, a los ruidos desconocidos, al silencio, al frío, a los ojos brillantes y temibles entre el follaje, a la animalidad, la vulnerabilidad, el abismo. Por el contrario, estas músicas rítmicas y luces esperpénticas que dictan la vida de la noche de la humanidad contemporánea no encarnan el amor a la noche sino todo su contrario: son la vanguardia del asalto del día a la noche, la colonización de la noche por parte del día, la humanidad renegando del origen inasible y desconocido, el mito del verbo y la luz escupiendo su odio al silencio y la noche.

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