Aterrizar después de Paxton. Un apunte para la teoría del Contact-improvisación

Las caídas del alma son largas.
Pascal Quignard, Pequeños tratados

A lo largo de su caída se repite a sí mismo: Hasta ahora todo va bien, hasta ahora todo va bien, hasta ahora todo va bien. Pero lo importante no es la caída, sino el aterrizaje.
En la película El Odio de Mathieu Kassovitz

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Quiero argumentar un pensamiento sencillo: el aterrizaje abre un mundo más vasto que la caída. En comparación con la caída, el aterrizaje despeja un paisaje conceptual más amplio, más atractivo para la investigación en movimiento y más propenso a intimar con nuestra experiencia de la realidad.

Cuando pensamos en el aterrizaje, la caída está de cierto modo incluida. Sin embargo, si pensamos en la caída nos alejamos del aterrizaje. Si partimos del aterrizaje como proceso base, la caída forma parte de nuestra exploración. Si partimos de la caída, existe el peligro de excluir el aterrizaje como un momento ajeno a la caída, ajeno a la danza. Resulta fácil comprenderlo viendo a un gato caerse: comienza a aterrizar mucho antes de tocar suelo. Organiza su cuerpo y su movimiento en función del momento previsible en el cual su caída lo llevará al contacto con alguna superficie de consistencia peligrosa para su estructura interna. Si veo a un gato aterrizar, naturalmente mi mirada y mis preguntas se dirigen a los momentos anteriores al contacto con el suelo. Si veo a un gato caerse, mi mirada se detiene en el contacto con el suelo. De cierto modo – y de cierto modo solamente –, el aterrizaje tiene un antes mientras que la caída se interrumpe sin después.

Creo que la investigación en movimiento desarrollada en el Contact-improvisación (CI) debería concebirse en torno al aterrizaje en lugar de la caída, si es la experiencia de la realidad que la interesa. El aterrizaje, o sea la llegada a la tierra, acontece continuamente desde el nacer. Incluso podríamos considerar, sin exagerar, el carácter post-mortem del aterrizaje, especialmente en culturas donde enterrar a los muertos es la costumbre. La caída por su parte aparece como una realidad intermitente. Cualquiera que haya frecuentado los entornos del CI habrá escuchado a algún profesor tratar de convencerle de habitar una caída perpetua. Es común en este paradigma dancístico este tipo de invitación a un sabotaje de la sujeción individual en pro de la vivencia de una suerte de caída perene. En mi opinión, en esta invitación reside el mayor potencial político – en el sentido más noble – del campo de investigación del movimiento que abrieron en los ’70 Steve Paxton y compañía.

Empatizo con la reformulación del concepto de caída que emprendieron para concebir el cuerpo en constante relación con la gravedad. Algo cae constantemente. Esta reformulación sin embargo debe continuamente hacerse valer frente a la comprensión convencional de la caída, según la cual la caída es el momento que va desde la pérdida del equilibrio hasta el contacto estable que acontece de manera más o menos violenta, más o menos elegante, en una superficie más densa que el aire. Por un lado, simpatizo con esta labor filosófica que quiere resignificar conceptos, transformando el lenguaje cotidiano. No faltan emocionantes historias de éxito en este ámbito. Por otro lado, tampoco faltan estrepitosas empresas fracasadas. Y apetece exclamarse: ¡dejemos el lenguaje a la gente que lo habla! Suficiente confusión hay en las vidas contemporáneas.

Observemos un instante: qué mundos abren estos dos tipos de definición del CI. Alguien pregunta: ¿Qué práctica es el Contact-improvisación? Respuesta 1: El CI es caer continuamente. Respuesta 2: El CI es aterrizar continuamente. ¡La disyuntiva es brutal! [Soy de gustos extremos. El CI que no se comprende como caída continuada – o aterrizaje continuado – no me interesa. No me interesa caer, cargar, rodada técnica aquí, solo allá, un toque de somática acá, un salto, una pirueta, una caída controlada, otra fingida, un golpe en el suelo, un buen rato de mushi-mushi (expresión mitad-despectiva mitad-entrañable explicitada más abajo), un abrazo de diez minutos, un poco de voz que al parecer no puede faltar nunca, una voltereta, etc. Transformación radical de la materia del cuerpo, de la comprensión de lo que somos, eso es lo que me interesa y acerca de ello estoy escribiendo.]

Esta encrucijada entre caer y aterrizar puede servirnos para esclarecer ciertas dinámicas exasperantes de la comunidad CI, ente de borrosos contornos y dudosa existencia que en mayor o menor medida quisiera ver en el CI un modo de vivir (y de la cual formo parte). En Caer después de Newton, célebre documental en los orígenes del CI, Paxton explica su iniciativa como ser la manzana. Para Paxton, Newton estudió la caída de manera objetiva, distanciándose como buen científico de su objeto de estudio. El CI quiere comprender qué se siente siendo la manzana, fundiéndose en su experiencia como invita la sabiduría. Cogiendo un poco de perspectiva, se entiende que la manzana cae cuando pierde contacto con lo que la enraíza. Caer para la manzana es romper el cordón umbilical que la une al árbol. Pero caer para nosotros es solo la mitad de nacer. El maestro Pascal Quignard lo escribe así: Nacer es caer y surgir en un mismo movimiento. Sin el surgir, las caídas del alma son largas. Creo que el fruto del CI es lo suficientemente maduro como para considerar el surgir en el movimiento. Caer únicamente ha desencadenado consecuencias inoportunas. El nacimiento humano es ciertamente una caída pero al mismo tiempo es un arrojarse, un surgir, un emerger con volición (no necesariamente individual), deseos, esperanzas, memorias, etc.

Recientemente en Arlequí, en el campo de Banyoles cerca de Girona, escuché a Sara Shelton Mann burlarse de lo que sucedía en el espacio de una jam de la siguiente manera, miró y gritó: Oh! I love myself in the mushi-mushi. ¡Cuánto me amo a mí mismo en el mushi-mushi! El mushi-mushi consiste en esta imagen estereotipada de una jam de CI donde la gente se revuelve por el suelo como queriendo hacer el amor sin poder (es un estereotipo que la realidad supera demasiado a menudo). Croquetas, restregarse, sentir, aprovecharse un poco, una vivencia hipersubjetiva carente de interés artístico. Tiene el mushi-mushi un toque parecido a lo que Steve Batts denostaba cuando mofándose de las prácticas somáticas decía que eran ideales para las personas que deseaban moverse como espaguetis pasados de cocción. Caer continuamente genera estos cuerpos sin consistencia de danzas empalagosas. De ahí – especulación pura – que Paxton renegase del CI: falta la fuerza que surge, que se eleva, que brota, falta en la caída la belleza esencial de los seres nacientes. La aplicación a ultranza de conceptos científicos al movimiento es letal para la danza. Ni la caída científica ni la anatomía encarnada activan el surgir y el nacer, enraizados en una dimensión incomunicable, indescifrable, indomable e innombrable del ser, ajena por definición a la ciencia y al saber convencional. Nacer y surgir se enraizan en el reverso de la realidad donde la ciencia despliega su hegemonía. Me amo a mí mismo en el mushi-mushi, me amo a mí mismo en mi fantasía celular… ¡Pero si la danza es una liberación del sí mismo! Hay que salir, hay que surgir… Hay que bailar al dente, como fieras salvajes y serenas. Hay que aterrizar, entretejerse con el medio que nos acoge, fundirse en él, convertirse en espacio emergente. La pasividad pura es un mito, entenderse a sí mismo como datos objetivables y científicamente descriptibles es una miseria.

Aterrizar es llegar sin cesar al mundo común. Es establecer una relación vital e íntima con el aire, una relación estructural, íntima y común con la gravedad, una relación esencial y anímica con las sensaciones físicas, una relación social y conflictual con la comunidad confusa – por esencia – que nos acuna. Aterrizar es caída y memorias en acción, sabiduría inmemorial y espontánea del cuerpo en movimiento. Aterrizar es la práctica que necesitamos si ubicamos el valor del nacimiento por encima de la vida, si queremos encarnar la fuerza que emerge antes que sacrificarse en nombre de una sustancia ficticia.

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