La danza perdida. Estrategias para sabotear el mundo I

No danzo una danza que pertenece a este mundo.
Min Tanaka

Foto de Esther para la pieza Sosiego de Coracor Danza.

El señor Min Tanaka describía en estos términos su pesquisa artística: una estrategia secreta para evitar ser engullido por la sociedad. La estrategia dancística de Tanaka es la de sustraerse. Danzar es huir, es hacerse resbaladizo para deslizarse por las grietas de la cuadrícula de la mundanidad. Hacer desaparecer – nada más. No queda ninguna esperanza legítima de poder cultivar una posición revolucionaria desde el arte. No se trata de plantear una transformación del mundo desde la consciencia del gesto. No es que sea imposible. Solamente que, de emerger una transformación digna, lo hará por una combinación de factores imprevisibles. Programarla es inútil.

No creemos en la revolución, pero vivimos como si siempre estuviese a punto de acontecer. La contención psíquica a punto de reventar. La ciudadela anímica a punto de hundirse. El control subjetivo a un parpadeo de colapsar. Nunca sabemos en qué punto de la existencia nos encontramos. El agua de nuestra vida puede estar a punto de hervir. El hielo que cubre el lago de nuestro paraíso tal vez está a punto de hundirse. La encrucijada que llevamos años esperando puede presentarse en cualquier instante, a la vuelta de cualquier esquina, en el eco de cualquier danza, y puede estar al alcance de la mano solamente por algunos segundos. La danza no perdona. No reforma. No revoluciona. Esta danza huidiza está pensada para evitar ser engullido.

De un modo u otro, cada cual acaba convirtiéndose en la narración de su existencia. En la triste biografía de su versión de nuestro fracaso. Por un camino o por otro, acabamos siendo el protagonista central de una historia desprovista de magia. Tarde o temprano, vivimos engullidos en el cuento desolador de una sociedad que nos asocia en la mentira, que nos aprisiona en los mundos falsificados de los lenguajes humanos. El lenguaje nos aísla para obligarnos a una reunión hueca. Las palabras promueven una totalidad del mundo que nos fagocita. Resulta tan fácil sumergirse enteramente en la existencia lingüística y prácticamente imposible extirparse de ella.

La danza que imagino se ha comprometido totalmente con el ideal de liberación. No se trata de expresar la libertad. Se trata de extirparse. De abrir espacio. De sustraerse a una empresa, de desarticular el agarre. De derribar paredes. De excavar túneles. Se trata de ir a morir un poco más lejos, un poco menos humano. Concibo estrategias que sabotean los presupuestos lógicos del lenguaje. Soplo sobre las brasas de un cuerpo anterior a su secuestro por parte del individualismo tan parlanchín como victimista. Activo el movimiento de una danza perdida, como la de Tanaka, de un cuerpo que no pertenece a este mundo. La danza no pertenece: expropia.

Una danza que el cuerpo recuerda, una mente fetal que resuena con el medio, una continuación corpórea de la existencia común. Una singular excrecencia de la tierra que nos lleva. Por el contrario, la re-unión organizada socialmente es una mentira precisamente porque el aislamiento original es una quimera. Nunca fuimos expulsados del paraíso energético de los cuerpos resonantes. Nunca hemos terminado de nacer. Pensar sigue siendo una poética espacial. Sentir sigue siendo la disolución del cuerpo en un mundo inabarcable. Vivir sigue siendo inmenso. Y hablar nunca será mucho más que rumiar falsedades.

Habría hoy en día que reescribir la famosa sentencia de Pina Bausch: Danzad, danzad, sino estamos perdidos. Hoy, bien entrados en el siglo XXI, resulta más esperanzador gritar Danzad, danzad, estamos perdidos de todos modos. No salvemos el mundo. No tengamos un motivo para la acción, una legitimación para el ajetreo. Huyamos del cuento social y lo más valioso de la existencia vendrá con nosotros. Quignard llama a la naturaleza la Perdida. Hay que danzar huyendo de la apropiación. En pura pérdida. Danzar para descolocar el sentido. Danzar para boicotear el reconocimiento. Danzar para disgustar. Danzar para humillar la soberbia de la consciencia. Danzar para tocar suelo, para soñar el otro de nuevo, para enamorarse del vértigo y sentir el vértigo del amor.

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