El ladrón de cuerpos

Hay que bailar desde el cuerpo que no nos ha sido robado.
Tatsumi Hijikata

Aula Nostra, El Resto es Todo (lo normal), en la Neomúdejar. Foto de Laura C Vela.

El ladrón de cuerpos tiene una voz penetrante. Todos le obedecemos. Especialmente a la hora de hablar de uno mismo. El ladrón de cuerpos entra por las orejas y siembra un cuerpo falsificado que se enraizará por detrás de los ojos. Esta falsificación organizará toda la vida en torno a una palabra: Yo. La atención enamorada de la vida caerá en el vacío de la falsificación con una facilidad desoladora, como entran las moscas en estas botellas atrapa moscas donde es fácil y lógico entrar, pero imposible salir. El cuerpo encarnado y la experiencia de mundos quedarán entonces en manos de la sociedad que se apropia la vida mediante la circulación de las palabras en el vacío de la cavidad encefálica. El ladrón de cuerpos, la tribu, el clan, la sociedad, el dios, el colectivo, pone al servicio de su propia supervivencia, crecimiento y dominación la existencia de la pluralidad anónima, naciente, abundante e inocente que somos.

Donde había inocencia, el ladrón instiga la culpa. Donde había curiosidad, el ladrón enseña apropiación. Donde hay deseo, el ladrón habla de beneficio. Donde hay preguntas, el ladrón medicamenta. Donde hay rebelión de la carne, el ladrón ofrece asistencia psicológica. Donde hay un afuera, el ladrón moviliza contra el enemigo. Donde hay danza, el ladrón promete bienestar.

Danzar no basta. Nacer es lo único que importa. Todo nacimiento es una danza, pero no todas las danzas nacen. Toda reactivación del nacimiento nos extirpe del lenguaje.

Cuentan que en el vientre de la madre el feto ya comienza a apropiarse el acento de su anfitriona. La formación de la caja fonatoria resuena en cierta medida con el habla de la madre. Una vez en la existencia atmosférica, el recién nacido comienza a asociar rostro y significación hasta adquirir el lenguaje hacia los dos años. Aprenderá de sus progenitores y afines el uso correcto de las palabras. Y el uso correcto de las palabras es antes que nada la pronunciación adecuada. En un principio, el recién introducido en el reino del discurso goza de cierta inmunidad moral y lógica. Al bebé que comienza a hablar, la sociedad no le exige a priori ninguna coherencia racional ni pureza moral. La sociedad le enseña más bien la pronunciación correcta. Esta corrección corporal es la empresa real del discurso sobre el cuerpo como experiencia. La sociedad introduce el Yo, que sirve de interfaz entre la energía naciente anónima y la ficción del Todo que fundamenta el discurso social. Un dios nos fagocita a través del alma. Una sociedad nos expropia a través de nuestro nombre.

Por los oídos, a través de la corrección de la caja fonatoria, se introduce un fantasma de inexistencia en el seno del cuerpo. El cuerpo original y anterior al lenguaje es siempre la experiencia de un mundo. La experiencia diferencia, distingue, distancia, piensa. El lenguaje por el contrario no diferencia, sino que opone, guerrea, dualiza. El fantasma traduce toda experiencia en algo que le sucede a sí mismo, el sujeto de la ficción. La experiencia se convierte entonces en narración, y la narración se organiza en torno a los valores que dinamizan el discurso social. El bien y el mal entran por la boca. El fantasma come la experiencia para generar palabras. Y crece.

La sociedad sabe que el fantasma no puede triunfar totalmente. El Todo del lenguaje que crea a la sociedad nunca puede ser total a pesar de presentarse como tal continuamente. El resto del Todo es su energía vital. Si el Todo llegase a realizarse, entonces no quedaría nada. Nuestra danza naciente da vida a este resto, a la parte del cuerpo que no ha sido sometido.

Cuando bailar es el manejo de conceptos anatómicos, cuando danzar es la encarnación de una historia, cuando mover es movilizar el ciudadano, entonces crecen los fantasmas. Pueden llegar a ser fantasmas más serenos. El preso puede mejorar el confort de su celda. Sin embargo, estas danzas siguen estando al servicio del Ladrón. Hay que bailar, decía Tatsumi Hijikata, desde el cuerpo que no nos ha sido robado.

Hay que bailar desde la experiencia que el Yo no sabe apropiarse. Hay que encontrar las resonancias del mundo que fragmentan el sujeto. Hay que danzar para sabotear el agarre de la sociedad sobre el cuerpo naciente. Nacer es salir del Todo, es habitar la diferencia entre dentro y fuera. Ni dentro ni fuera, naciendo. Desde fuera, se impone a la experiencia un nuevo Todo, un Dios, un Interior último. Una ficción, que en francés es también una fijación. El sujeto es el lugar donde la energía del movimiento es transformada en pienso para algo estático. Las sociedades estacionarias movilizan sus sujetos cada vez más para su propio beneficio.

Nuestra anfitriona real es la gravedad, no la sociedad. Solo nos debemos a la serenidad que pesa, no al Yo del discurso que flota en un no lugar. Los pies son el antídoto al fantasma, que carece de apoyo. Libera la mandíbula. Gritos, gemidos, bostezos. Arranca el arpón del cuerpo naciente. Danza como lo hacen los peces en el momento de estar extraídos de donde pertenecen. Libera el pasado de su narración. Libera los sueños de la significación. Libera el cuerpo del discurso. Sal del afuera de tu existencia. Cae en el nosotros anónimo.

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