Devoluciones deliciosas

El butoh es como un vómito.
Carlota Ikeda

Si te regalan algo maravilloso, pásalo.
David Zambrano

Queda algo de paraíso en el ser humano.
Pascal Quignard

Aula Nostra, El Resto es Todo (lo normal), en La Neomudéjar. Fotografía de David Martin.

En la edición 40º de Alma negra, en Portugal en 2017, para la noche dionisíaca, invitamos a todas las personas a llevar algún objeto, camisa, pendiente, libro, que había venido al festival con ellas y al que amaban especialmente. Y entre todas nos hicimos un obsequio. Les dijimos: Lleva algo, que ha venido contigo y hacia el cual sientes un profundo cariño. Y pásalo.
Era una práctica. El artista en escena no debería hacer otra cosa: obsequiar lo que ama. Regalando lo que amas te sitúas más allá del alcance de cualquier juicio.

*

No expreses directamente, decía el maestro, haz vino con lo que sientes. Fermenta en ti la emoción para realzarla y embriagarnos con tu danza.

*

Mi trabajo es fermentar pensamientos para que otras personas puedan practicarlos. Y de vuelta: recibir cuerpos (movimiento) para movilizar el pensamiento (imaginación) del mundo compartido.

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Hacía apenas dos meses que él había entregado su tesis de máster en torno a Nietzsche. Al finalizar el seminario El Arte de nacer, aseguró que había entendido más a Nietzsche en dos días que en seis meses leyendo comentarios de texto.

Hay palabras que saben a victoria.

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En butosofia, entrenamos el arte de nacer. Ser el tiempo naciente y generar un espacio llamado nosotros, para luego añadir tres gotas de esencia de consciencia (pensamiento sin juicio en relación a la sensación corporal que surge con la materialización de la vida). En los seminarios, esencialmente, volvemos a hundirnos en lo que Quignard llama, en El Origen de la danza, la continuidad ininterrumpida de novedad imprevisible. Somos como el vino del tiempo.

Zambullirnos en el tiempo anterior, distinto al pasado, en el antaño, en el tiempo que se precipita en todas las formas de la primavera. Nunca hemos cesado de nacer. Solo la ficción del lenguaje, injertada en la carne a través del oído en forma de consciencia impura, consciencia toda hecha de palabras, juicios, opiniones y obediencia, consiguió darnos la percepción de que existe una identidad separada del tiempo. En las sesiones prácticas de butosofia, abandonamos la consciencia del yo que hace funcionar la sociedad, renunciamos a la identificación con el rostro y repudiamos la creencia en el dominio de la narración lingüística que acontece incesantemente en la oscuridad de la cavidad encefálica. Nos arrojamos cabeza primera en el sutil surgir del tiempo que nos expulsa incansablemente. Nos adentramos en la expulsión. La danza sale y danzando una y otra vez nos zambullimos dentro del nacimiento del tiempo, del surgir del espacio.

*

Él vino a clase durante casi un año, hará de esto cinco años ya. Recuerdo con mucho cariño una devolución verbalizada que nos regaló emocionado. Afirmó que no se enteraba mucho de lo que se contaba en clase pero que su vida había mutado por completo en los últimos meses. No caminaba igual en la calle. La comida no le sabía igual. Sus ojos eran distintos, su manera de mirar y por ende el mundo que veía eran distintos. Tocar ya no tenía nada que ver con antes. Se emocionó. Se rio. Y dijo algo que me guardo como un tesoro. Dijo: No toco igual, y los cuerpos… Mi esposa no sabe nada de lo que hacemos aquí, pero quiere pagar la mitad de la cuota. Nos reímos todos.

Me gusta pensar que el trabajo en clase acaba cambiando la manera de pisar, y de ver, y tal vez de pensar. ¡Pero que la butosofia acabe en las sábanas cambiando la manera de amar, esto es suculento!

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Ella vino durante años. Era ávida. No perdía ningún detalle y sospechaba siempre, y con razón, que había más capas. Me dijo, en secreto, y no para gustar sino para regocijarse. Lo dijo en voz alta, pero susurrando, como alguien que quiere confesar que se encuentra en posesión de algo muy valioso. En clase, dijo, pienso y siento que cada instante es precioso y que cada cuerpo, cada vida importa realmente y cada trozo, cada pedacito de cada cuerpo es lo más bello del universo. En clase formo parte de un milagro. Siento que todo es perfecto y siento el deseo imperioso de no perderme ningún instante de esta gran perfección.

Le sonreí y pensé para mí mismo: ojalá.

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Intento compartir lo que amo, devolver lo que recibí de tantas almas generosas, devolverlo con un toque de fermentación, y procuro que la forma del compartir multiplique el amor, el espacio, el goce, la belleza y el silencio. A veces, más de las que merezco sin duda, recibo devoluciones que me hacen feliz hasta más no poder. Sé que a esta persona yo solo le di un puñado de secretos y viene a agradecerme por haberle regalado un mundo. Me hace feliz, mucho, cuando enseñando tres flores a una persona, ella abre los ojos y contempla un prado entero. Entonces sé que, por un instante, lo he logrado, he conseguido engañarle: haciéndole creer a esta persona que le iba a mostrar algo que yo tenía, vio lo que ella era. Ven, te voy a mostrar un puñado de flores, le dije. Vino y cayó en la primavera naciente que encarna. El recuerdo de las flores la hizo caer en su paraíso.

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