La voz de la consciencia, el grito del cuerpo y los murmullos del mundo

La voz tiembla. La garganta se anuda. Y la lágrima que desciende sobre la mejilla hasta los labios sabe como el agua salada del mar.
La respuesta está en el mar.

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Fotografía de Raúl Bartolomé. Alma negra 00X00, Madrid 2018.

¿Quién habla en el fondo del cráneo si Dios ha muerto y con Él también desapareció la posibilidad de cualquier esencia individual? ¿Quién es dueño de la voz de la consciencia? La respuesta de Nietzsche es muy clara: es el instinto de rebaño él que habla en la cavidad craneal. La voz es siempre colectiva, con una dosis más o menos importante de perfume maternal. Como el Santo Espíritu inseminando a la Virgen por la oreja en las doctrinas cristianas, el rebaño insemina por el canal auditivo. La tribu inyecta su principio individualizador que llamará consciencia o alma o Carmen o Luis. Este principio individual es como un agente infiltrado en el cuerpo cuyo papel es asegurarse que la fuerza naciente y anónima esté puesta al servicio del clan, que el movimiento creador se encauce en el orden desplegado por la colectividad. Este agente disfrazado de intimidad debe limitar el crecimiento de la fuerza anónima, pues los excesos de fuerza siempre amenazan los diques y dualismos que ordenan lo social, y canalizar la fuerza restante hacia los molinos que hacen funcionar las gigantes ficciones sociales. Kafka los describía como fantasmas en los cuerpos, fantasmas que se nutren de palabras, que engordan a medida que conversamos y que nos identificamos con los discursos que resuenan en un interior inventado por y para el lenguaje. La palabra central del lenguaje colectivo está muy conocida: YO. Cuanto más gordo el fantasma, más comprimida la vida naciente del cuerpo.

La consciencia es siempre un tribunal, una burocracia más o menos engreída, más o menos cruel, que valida y condena sin cesar. Pero la vida naciente nace sin guion.

La voz de la consciencia no puede rendir cuenta de la vida naciente, del cuerpo atravesado por el origen. Al principio no había verbo y todos los comienzos que propone el lenguaje mienten. El verbo nacer permite que el lenguaje acepte su cualidad de súbdito. El verbo nacer permite hablar sin ser esclavo de las palabras. Nacemos entre gritos.

El cuerpo naciente, ahogado por las categorías, simplificaciones y juicios del discurso, comprimido bajo el totalitarismo de la existencia lingüística, acaba gritando. Gritos de depresión, de agresividad física o política, gritos de enfermedad, gritos de angustia y consumismo, de tensión, dolor y confrontaciones. Al volcarse hacia el cuerpo, la atención encuentra sufrimiento, resistencias, cansancios, desdicha, síntomas de vida desagradable. Y toda esta miseria hoy en día es fácilmente recuperable y capitalizable para la sociedad fármaco-tecnológica. Tu malestar es la gasolina que hace funcionar el motor social. Todas las doctrinas y prácticas de cuerpo-mente, de sanación, terapia, medicina, running, salud, cuidados, etc., son como refinerías. Purifican tu malestar enchufándolo al principio individualizador que no es sino el aparato de captura de la energía naciente. Socialmente, se fomenta la miseria existencial para que te ates a ti mismo esforzándote para encajar en este cuento de felicidad forzada. Cuanto más desdichado el cuerpo naciente real, más individual se hace la existencia y más crece la sociedad que fomenta el malestar. No es integrando mente y cuerpo que el malestar saldrá de ti.

A lo lejos, ni dentro ni fuera, ni real ni imaginario, en los márgenes del cuerpo convencional, en la zona fronteriza de la identidad física, se puede oír el murmullo del mundo. Señales físicas, tan físico como lo es el pensamiento. Sensaciones sutiles, tan sutil como lo es la tela con la cual tejemos los sueños. Síntomas compartidos, tan compartido como lo es el mundo que somos desde antes de nacer.

Cuerpo y mente solo tienen sentido si se entienden como fenómenos espaciales que acontecen en mundos plurales. Este espacio plural de resonancias anónimas no tiene dueño, no vende cobardes fantasías de inmortalidad, su abundancia efervescente desdeña las esperanzas, su lógica se ríe de las casillas lingüísticas mediante las cuales algunos seres humanos pretenden transmutar su angustia vital en comprensión.

Un mundo naciente, eso encontrarás río arriba del grito del cuerpo y de la voz de la consciencia.

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Una respuesta a La voz de la consciencia, el grito del cuerpo y los murmullos del mundo

  1. elcuerpoensumundo dijo:

    Querido…
    Bello texto con esa energía que empuja a desestabilizar las concepciones facilonas de estos tiempos.

    Dos cosillas: hay un “es” demás en este párrafo:
    “La consciencia es siempre es un tribunal, una burocracia más o menos engreída, más o menos cruel, que valida y condena sin cesar. Pero la vida naciente nace sin guion.”

    Y en el siguiente

    ” Tu malestar es la gasolina que hace funcionar el motor social. Todas las doctrinas y prácticas de cuerpo-mente, de sanación, terapia, medicina, running, salud, cuidados, etc., son como refinarías.”

    es RefinErías, no?

    Eso.
    Gracias de nuevo.nos vamos a entretelas sueños

    C.

    Me gusta

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