Mindthroughness. Cuando todo es diferente y la vida un arcoíris

Recientemente, he oído a Slavoj Zizek decir en el Círculo de Bellas Artes de Madrid que estaría dispuesto a vender a su madre a esclavistas para poder ver la parte 2 de V de Vendetta. La película del director James McTeigue en colaboración con los, por aquél entonces, hermanos Wachowski culmina con una insurgencia triunfante, cuando el pueblo toma posesión de un parlamento en llamas. Esta perspectiva de una insurgencia global de los oprimidos contra sus verdugos que les obligan a vivir en el miedo y la mentira emociona a Zizek, lo emociona tanto que asegura estar dispuesto a vender a su madre para ver la secuela y conocer cómo los insurgentes gestionarán la educación, los medios de transporte, el agua, las alcantarillas. La libertad, asegura Zizek, no es (únicamente) la rebelión sino una posibilidad de la organización de la vida en común.

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He venido para no volver, presentado en Naturaleza insólita, La Pedriza, mayo 2017. Fotografía de Claudio Palazzo.

En mis estudios de criminología me interesé durante una temporada en la representación simbólica de la justicia. Las películas hollywoodienses de juicios y tribunales suelen terminar con la enunciación del veredicto esperado y sus correspondientes lágrimas de alivio y abrazos victoriosos. El final feliz pretende ser la justicia realizada. Sin embargo, raras veces los thrilleres políticos y policíacos tienen una segunda parte. Pues tendrían que mostrar la vacuidad de la justicia penalmente realizada. La alegría de los protagonistas de juicios penales es un fuego de paja y la condena de un culpable no trae la felicidad a la víctima. Incluso, más de una vez, la vida de la víctima parece tener sentido en la tensión hacia la justicia y su combate, aunque no la haga feliz, la mantiene en lo más vivo de la vida. Esta tensión desaparece con el juicio y no es poco común que una victoria penal desemboque en depresión nerviosa, en vacuidad, en ausencia de sentido, en desidia. Las secuelas de las películas de tribunales tendrían que mostrar vidas destrozadas ya sin siquiera la esperanza de un reconocimiento por parte de los órganos de justicia. Películas aburridas de vidas deprimidas y rutinas anodinas, algo de alcohol y medicamentos, sexo comercial y posiblemente grupos de terapias. Un buen realizador con un toque de suerte podría sacar un drama curioso. Por lo general, estas secuelas serían fracasos asegurados.

He pensado escribir la parte 2 de la entrada sobre el mindfulness, Mindflatness. Cuando todo es uno y la vida una mierda. Una segunda parte que, atravesando las llamas del tribunal, reflexiona sobre qué hacer con nuestra atención.

Albert Camus, autor a la vez insurgente y elegante, pedía una sola cosa a sus lectores: que lean con atención. Esta petición es claramente exagerada en el virtual siglo XXI y especialmente en medios como éste. El texto titulado Mindflatness no es una burla del mindfulness sino de cierta comprensión del papel de la atención en la existencia. No me cabe la menor duda de que habrá gurús del mindfulness que son auténticos maestros y practicantes de la atención plena comprometidos con una genuina inmersión en la realidad. Lo que critico con un cinismo mordaz y un toque de provocación es más bien la idea que pretende unir consciencia y profesión de fe en el todo es uno. El mindfulness, en su mejor versión, es un potenciador de existencia. Pero de por sí estar atento no garantiza que tu existencia se encauce de acuerdo a valores dignos de ser encarnados. Ciertos modos de vida necesitan todo menos potenciarse. Necesitamos una crítica radical a los valores que incardinan nuestros movimientos. Crítica de la cual la frase todo es uno ha desistido totalmente, confundiendo todo en una masa indiferenciada.

Puede que en el origen todo sea uno, puede que en el final todo sea uno. Pero nosotros somos transeúntes, pasamos a través la existencia propulsados desde un origen inasequible y encaminados hacia un misterio incognoscible. Todo es uno en el origen y todo es uno al final son actos de fe. Tiñen la experiencia del espacio diferenciado que somos pero no son experimentables en sí. La butosofia es una inmersión en la experiencia física del pensamiento. Puedo moverme diferenciando arriba y abajo, delante y detrás, día y noche, viejos y jóvenes, perros y gatos, etc., pero todo es uno es esencialmente estéril en relación al movimiento – y movimiento somos. Precisamos pensar nuestra experiencia del mundo y no proyectar sobre él nuestras fantasías que apaciguan nuestros miedos e inseguridades.

El mundo que habitamos es un gran telar de diferencias, un arcoíris de infinitos matices. Cuentan las leyendas que a los pies del arcoíris hay tesoros y duendes y dragones. Al origen del mundo hay mitos, mentiras y sueños. Nuestra realidad, la que nos mueve y la que transitamos, es un mundo de mil colores. Necesitamos pensar esta multiplicidad – verla como una es empobrecerla y encarcelarla de antemano. Necesitamos mindthroughness. Necesitamos pensar a través. Penetrar y dejarnos invadir. En esta travesía, penetración e invasión, necesitamos una mente afilada como un escalpelo, contundente como una espada – en la época en la cual se usaban, las espadas no servían tanto a cortar miembros sino a crujirlos. Pensar es manejar el machete para abrirse camino hacia lugares impensados.

Para coger las riendas de tu atención necesitas enfocarla a un objeto. La mente en blanco es una inepcia tan insulsa como la no mente o la atención plena. De la no mente – un poco pasada de moda –, a la atención plena, a la mind full, no hay progreso ninguno. Antes se decía todo es cero, ahora todo es uno. La cuestión está en pensar sin absoluto ninguno. Ni todo es así ni todo es asá. Pensar es habitar en matices. Vivir es explorar relaciones en un mundo diferenciado.
El foco de la atención nunca es la atención misma, nunca hay plenitud de atención sino relación entre la atención y un objeto. Respiración, imágenes, palabras, gravedad, sensaciones, movimiento, etc., estar atento siempre es estar pendiente de algo. Existe en el idioma castellano un refrán muy gráfico que invalida la idea según la cual hay que estar atento a todo al mismo tiempo: quien mucho abarca poco aprieta. Quien pretende estar atento a la plenitud de la experiencia se asegura de tener una experiencia sobradamente superficial. Habrá que entender entonces que la atención plena es la atención que se compromete plenamente con algo, algo que no es ella misma, algo diferente – hay, como mínimo, dos cosas, atención y objeto.

Existen infinitas capas en la realidad experimentable e infinitos enfoques para aproximarse a los procesos que nos constituyen. Es aquí donde hace falta una crítica de los valores, una apropiación del proceso de valoración para elegir el objeto de la atención. De otro modo, puedes encontrarte súper mindfull trabajando 60 horas a la semana por una empresa que fomenta la esclavitud de tus seres queridos. Estás muy enfocado y muy consciente por un lado y muy ciego por otro, tanto que tu consciencia resulta perjudicial a tu propia vida. ¿Consciente de qué? ¿Plenamente enfocado en qué? ¿Atravesando qué bosque? ¿Abriendo qué posibilidades?

La mente penetra, analiza, diseca, divide, desmiembra, descoloca, desarticula y vuelve a articular, integrar, poetizar, soñar. Una idea, decía Bataille, es un pensamiento que no ha sido pensado a fondo, un contenido de mente que no ha ardido en el fuego de la consciencia. Hay que convertir nuestra mente en una herramienta afilada para penetrar esta sensación, disolverla, desintegrar este bloqueo, franquear esta pared. Hay que afinar nuestra mente para viajar hacia realidades cada vez más sutiles. Hay que atravesar con nuestro cuerpo pensante el mundo convencional que habitamos para conocer su anverso. En el idioma de Nietzsche se dice la sol y el luna y el pensador se deja penetrar por los astros y cabalga las cometas. Los hermanos Wachowski dirigieron Matrix, colaboraron en el estallido del parlamento inglés en V de Vendetta y ahora son hermanas. El mundo es un mosaico de infinitas diferencias y la consciencia que libera es la que atraviesa todas las solidificaciones desmontando todos los juicios que estructuran las opresivas sociedades humanas. Un arcoíris de colores insustanciales, imposibles de agarrar, alérgicas a las identificaciones, cuyo origen es por siempre inaprensible. Todo lo que parece unido es una ilusión óptica. Apuesto a que este mundo es más bello que su origen y más rico que su destino.

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