La dignidad de la improvisación (o la dignidad como virtud improvisada)

“Improvisar es unirse al mundo, o fundirse en él.”
– Deleuze y Guattari, Mil mesetas

Es marzo. El invierno llega a su fin. Voy bajando la calle hacia el teatro cuando me encuentro con un amigo haciéndose un selfie frente a un grafiti. Cuando me pregunta hacia donde me dirijo, le contesto que voy a calentar. “Es verdad, se exclama, actúas hoy. Pero… es improvisación, no?”

Esta anécdota y su generoso pero ponen sobre la mesa una opinión que circula con frivolidad en los círculos dancísticos y en el público en general: la improvisación no es una actuación de verdad. Actúas – pero es improvisación.

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Tre3 en La Puerta estrecha, con Fernando Nicolás Pelliccioli, Jonathan Martineau y Carlos Osatinsky, marzo 2016. Photo de Claudio Palazzo.

En una entrevista al diario gallego El progreso, Andrés Corchero habla de la necesidad de educar al público a la improvisación. Deberíamos, según el creador, hacer comprender que la improvisación implica asumir un riesgo compartido tanto por el público que por el artista.

Entiendo esta educación como una obra de deconstrucción. Existe una manera o actitud con la cual nos acercamos a un espectáculo de danza que resulta ser una traba a la hora de asomarse a presenciar improvisación. El público llega con ciertas expectativas, sean de entretenimiento o de conmoción artística. Ha pagado (muchas veces no paga pero su tiempo es oro) y debe recibir algo a cambio. La improvisación es una disposición a la danza y si ésta se presenta, no en su presencia domada sino en su estado naciente, el improvisador y su público no volverán a vivir igual. Entretener sirve al contrario el mantenimiento de sistema de vida.

Los momentos importantes en la vida son mudanzas en sentido único. Conviene prepararlas con cuidado y tiempo pero en última instancia son improvisaciones. Nacer y morir se improvisan (irse al extranjero, comprometerse con una persona, romper una relación, abandonar un trabajo, aceptar una invitación sibilina, etc). Cualquier decisión cuyas consecuencias no podemos anticipar desencadena improvisaciones. Hacer una elección es exponerse a lo desconocido. La dignidad, no el concepto jurídico sino una especie de aura de pensamiento que se cultiva alrededor de los cuerpos, se manifiesta en el trato del espacio, de las situaciones y de las relaciones mientras transitamos por el mundo. Michel Onfray, en su libro La Escultura de sí, relacionó la dignidad de ser con el modo de habitar las situaciones, de transformarlas y de interactuar en ellas.

La diferencia entre el turista y el viajante remite al papel cedido a la improvisación en su movimiento. Para formularlo de manera corta, el turista se emociona con los pequeños espacios donde lo imprevisto puede emerger. Idealmente, lo imprevisto nunca podrá tener fuerza suficiente como para desviar la programación. Los desvíos relevantes siempre serán negativos, accidentes, robos, desastres naturales – el caos es aquí negatividad asegurada. Los desvíos curiosos y graciosos sirven de anécdotas. El viajante por su lado utiliza mapas, abre los oídos y recoge información, procura plasmar sus deseos y ponerlos en relación con el exterior. El viajante programa su deriva, apuesta por los desvíos. El turista se desplaza en la modalidad de ida y vuelta. El viajante continúa. El viajante nace. Nacer es una continuación. El viajante apuesta por la improvisación porque sabe que, en última instancia, se trata de eso, de improvisar, de fundirse con el mundo.

Quienes se temen a sí mismos – razón no les falta -, entienden la improvisación como hacer lo primero que surge con un toque de frivolidad. Desde la perspectiva de la coreografía convencional, la improvisación puede servir para sacar material. Dejamos un momento que el caos se exprese (10 minutos de impro pueden bastar para crear durante meses) y luego ordenamos, fijamos, marcamos, domamos, nos apropiamos, dominamos. Y finalmente presentamos. Sin otro riesgo que una catástrofe – una carta sale torcida y todo el castillo se derrumba. Ida y vuelta. Entretenimiento.

Rhizome Lee preguntaba el año pasado “¿Cómo crear un caos aún más grande?” Si dejamos al caos su espacio, si reconocemos que el caos es nuestra casa, vemos rápidamente que el caos no es tan caótico como pensábamos. Órdenes emergen continuamente. Estar abierto a lo otro no es tan fácil como parecía. Lo primero que surge raras veces es lo mejor de uno mismo. Para quienes improvisan, la cuestión de mantener abierta la relación con el no-saber constituye el riesgo y la honestidad del trabajo.

*

En su sociedad totalitaria, Platón prohíbe todas las artes menos el canto patriótico y la música militar. Sin música, escribe Quignard en El Odio a la música, ningún totalitarismo es posible. Fundir los cuerpos en un ritmo común, marcar gestos uniformes, programar la variación para que genere una espiral emocional, ¿es ese el arte que necesitamos en el siglo XXI? Estas creaciones marcadas (una o dos o tres al año, casi siempre con el mismo material pero con sinopsis y escenografía distintas – crear y criar necesitan más tiempo que la temporalidad que marca el mercado), ¿son susceptibles de irrumpir en los movimientos estacionarios que fijan la sociedad en su ausencia de porvenir? Es verdad que es exigirle mucho al arte que descarrille la marcha de una sociedad que se encierra en sí misma. Pero conviene poner en duda la superioridad de un arte que la entretiene y la mantiene. La improvisación no siempre es fácil de ver ni tiene porque ser agradable pero la apertura, la exposición, la escucha y el riesgo que le sirven de pilares son indudablemente valores más bellos que la dominación del cuerpo, la uniformidad del movimiento (del pensamiento), la planificación estricta y el control perfecto que quiere cada cosa en su sitio. La improvisación nos habla de lo que es habitar el mundo, estar en medio de la vida. La improvisación despierta la curiosidad de los que, más que utilizar su vida para crear, se sienten llamados a crear su vida.

No escribo que coreografiar estrictamente sea malo sino solo que son técnicas disciplinarias que le sirven de medios de creación. No escribo que cualquier improvisación sea digna de por sí sino que la dignidad siempre es improvisación.
Improvisar no es una ocupación sino la existencia misma. Despreciarla como manifestación artística inferior o recurrir a ella desde la frivolidad sólo nos aleja de lo más vivo y lo más sutil de la existencia.

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5 respuestas a La dignidad de la improvisación (o la dignidad como virtud improvisada)

  1. muy inspirador! gracias. expones con claridad cristalina sensaciones que están en el aire de muchos. gracias por desgranar y encontrar las palabras que estas cosas se merecen – poesía, nada menor se les acerca!

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  2. Santiago Mayo dijo:

    A veces pienso que la palabra improvisar está ya ligada a conceptos peyorativos como superficialidad, etc. Tal vez habría que crear una nueva palabra como por ejemplo: “espontaneizar”

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    • Jajaja q buena observación!
      Para mí el caso es que entiendan que permanecer en el control de lo que el ser humano puede hacer y controlar no es sino quedarse ahí encerrado… Y fuimos creados por algo más q por nosotros mismos y yo quiero entrar en contacto con esa madre y desde ahí dejarme ser. Y eso como dice el artículo es la vida misma.
      Hay algo que tiene el poder de crear mi vida y llevarla a una sublimidad más alta y que yo no puedo imaginar y eso, es esa madre. Me dejo crear mi vida porque me encanta.
      Espontaneidad, impulsividad… Si es que podría tener muchos nombres pero lo importante es que entendamos que está más allá del ser humano y de sus pautas y a la vez está a nuestro perfecto alcance como como sapiens acceder a él ^^

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  3. Laura dijo:

    Todo cambia, entregarse al diálogo con el movimiento es un estado de inteligencia, de fuerza nacida de lo vulnerable y humilde. Es el coraje de ofrendarnos al mundo, intuyéndonos uno con el todo.

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  4. Ángela dijo:

    Gracias por tan maravillosa argumentación sobre la improvisación. Y sí, los “peros” son excusas para quedarse anclado en un lugar, en una posición, pero grandes oportunidades para quien los observa desde fuera.

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