El paraíso, el juicio y los dos pies que no quieres perder

¿Adónde vamos? Siempre a casa.
Novalis

Quien ahora, al final de la era de las grandes utopías históricas, pretenda renovar una promesa universal, se tiene que orientar como un recién nacido sin tierra firme a sus pies.
Peter Sloterdijk

Hace años, un anuncio en las calles de Madrid nos invitaba a oír un «gracias» venidero del futuro. En un futuro no tan lejano, nosotros los de hoy íbamos a haber salvado el futuro. Y en el futuro la gente nos iba a ser agradecida. Nos iban a adular. Incorregible hábito humano de ansiar estatuas.
Pienso más bien que debemos desear desaparecer en el futuro. Debemos dejar que se crea a través de nosotros un mundo de criaturas pensantes que nos dejarán atrás. De cara al futuro, desear monumentos y gloria es de mal gusto. Oír el gracias es pura vanidad. Proyectarse en pedestales es no entender la vida que pulsa y que surge para crear más allá de ella misma.

No hay que movilizarse en contra de nada. Estar constantemente en pie de guerra es nuestra desdicha. La movilización global y el ajetreo incesante calientan mentes y planeta. Dejar los esfuerzos para ser algo, bajarnos del tren, abandonar los motivos, repudiar las razones para la acción. Quitarnos del medio. Calmar estos ataques de importancia que dictan el rumbo de la historia reciente. Desmovilizarnos de cualquier proyecto de salvación. Dimitir de la humanidad. Pues salvación y decadencia se dinamizan mutuamente. Nacer sin más. No salvarnos, no salvar el planeta. No ha llegado el momento de activarnos, de accionarnos. Hay más bien que abandonar la idea del salvador, abandonar la arrogancia del centrismo y devolver la vida a su suerte terrenal. Es la salvación y la ortopedia del mundo que nos hunden en la miseria donde cada cual busca una manera original de asfixiarse.

Fotografía de Eikoh Hosoe, Kamaitachi #1, 1965

Algo del paraíso pervive en nosotros. Intimar con estos restos del origen es el propósito de los soñadores y viajeros de todo tipo. Nos arrojamos a nuestros caminos deseosos de desbrozar y dinamitar las gruesas capas de confusión generadas por la dialéctica entre sociedad y identidad. Nacer es moverse y pensar desde el recuerdo del origen abriéndose en mundos. Nacer, danzar, pensar, es acercarnos al paraíso y también dejarlo venir a nosotros, es dejar espacio al origen abriéndose. Es experimentando el mundo, es decir exponiéndonos al peligro, a las heridas y a la fragmentación, que mantenemos viva la llama paradisíaca. Experimentar el mundo es caminar la tierra del nosotros.

Pascal Quignard vislumbra los restos del origen en el fresco de Masaccio. En La expulsión de Adán y Eva del paraíso terrenal, un pie de Adán se queda en el jardín. Expulsados del paraíso de la inocencia hacia la vergüenza y el juicio. Pero un fragmento del cuerpo se queda anclado en lo anterior. Desde este contacto podemos transformar de nuevo el cuerpo en un jardín.

La expulsión de Adán y Eva del paraíso terrenal de Masaccio, Florencia 1424-1425, restaurado en los ’90.

En su taller inspirado en este pie que resuena con el origen, taller de butoh que titula Danzas paradisíacas, Nataliya Andru muestra una fotografía que parece emular el fresco de Masaccio. En la fotografía de Eikoh Hosoe que encabeza este texto, vemos a Tatsumi Hijikata y una mujer cuyo nombre no consigo rastrear a punto de entrar en el estudio Dance Experience de Tokyo. Un pie de Hijikata se queda en la calle tokiota.

Los butohkas recorren el destino de Adán y Eva en sentido contrario. Huyen de la sociedad del juicio hacia el paraíso, es decir hacia la experiencia de la continuidad del espacio. La palabra danza no remite a otra cosa que a esta gran tela de continuada diferenciación. La experiencia danza es el paraíso.

Este paraíso energético sensorial no es un lugar donde vas con el deseo de sentirte bien. Sentirse bien es el reclamo publicitario de los paraísos artificiales, desde las tecnologías a los fármacos. Sentirse bien, hablando cristiano, hablando en plata, significa no sentir nada, no sentir el peso del mundo. El ciudadano que se siente bien no siente nada. Sentirse bien es estar libre de los achaques del cuerpo para así poder entregarse a caprichos pueriles y entretenimientos triviales. Sentirse bien es ser puro discurso sin conciencia del soporte orgánico sacrificado en pro de una falacia de sentido. Sentirse bien es la aniquilación de la danza.

El paraíso de Hijikata es la conciencia de participar de la creación del mundo. Y para esto es imprescindible que Hijikata deje un pie en la sociedad. Adán y Eva se ven arrojados a un destino de miserias que contemplan como despavoridos. Hijikata y la mujer huyen de las miserias mundanas, igualmente aterrorizados, para entrar en el paraíso que nunca dejó de estar presente.

En Mil mesetas, Deleuze y Guattari aseguran que en la lucha contra la decadencia el chamán debe conservar algunas dosis de subjetividad para no verse atrapado en el núcleo duro de la exclusión subjetiva. El chamán que desaparece íntegramente en el nagual acaba en el psiquiátrico donde la dominación del tonal toma apoyo. El poeta que sigue su corazón sin llevar consigo ninguna palabra se condena a la indigencia. El soñador que se convierte en sueño se despierta en la cárcel. El filosofo que salta al vacío da a luz a un cadáver. El danzarín que se sumerge en la experiencia se convierte en poeta, soñador y filósofo. Para seguir danzando, necesita un pie en la sociedad, una dosis mínima de subjetividad para escapar de los más groseros procesos de subjetivización.

Un pie en la sociedad para seguir escapando de ella. Guardemos un pie para tomar el impulso una y otra vez de lanzarnos continuamente hacia la experiencia desde dentro del nacimiento del mundo.

Tocar la tierra, tener la mente en los pies y escuchar el vértigo. No hay tierra firme a los pies: hay la apertura energética de un recién nacido. Hay vértigo. Un proverbio chino asegura que los pies nunca tienen la culpa de la caída. Un pie sigue en el paraíso y el otro huye del juicio. Caminamos sobre la tierra paradisíaca mientras los fantasmas, que han perdido los pies, hablan de salvación en el mundo frío del discurso. Danza, deseo, vértigo y paraíso se oponen a estatuas, salvación, explotación y culto a lo muerto.

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