¿Para qué danzamos? Sobre el arte de los que no tienen nada que contar

En cualquier decisión importante que tomamos en relación a nuestra vida, entran en juego una cantidad incalculable de encuentros fortuitos, palabras descuidadas y pasos en falso en los trayectos rutinarios que recorrimos a diario. Como si todo lo que importa a nuestros ojos fuese hijo de anécdotas aunque nosotros insistamos en creernos los padres de nuestros días. Ahí, en los detalles y los aleteos de las moscas, ahí se esconde el diablo. Así, de haber tenido que enfrentarme innumerables veces a la indispensable presencia de lo desapercibido en los hitos de la existencia, abandoné la idea de poner a un personaje X en las riendas del asunto. El control es una ilusión y, paradójicamente – la paradoja es la casa del pensamiento vivo –, la libertad de movimiento florece en la entrega y el abandono de la intención de dominar la realidad. Cierta sensación de libertad emerge cuando abrazamos un determinismo absoluto, cuando despedimos el jefe que lleva nuestro nombre. – ¡Ojo!, lo despedimos como jefe, y en realidad es mucho más vulnerable de lo que aparenta a primera vista y acepta fácilmente el papel de secretario, a veces de amigo…

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Valeria Del Vecchio en Alma Negra edición 000, diciembre 2017. Fotografía de Raúl Bartolomé.

Me quité el traje de capitán y me bajé al calabozo, a olfatear las esquinas, a hundir mis dedos por debajo de los sacos llenos de materia extraña, a mover muebles y remover el polvo, a intimar con los detalles, los microgestos, las palabras dichas sin pensar, la danza de los ojos al ritmo de la conversación. Me fui a perseguir al diablo en sus escondites. Para las cosas importantes, me dejo llevar, a veces por intuición, otras por lógicas indefendibles que he aprendido a argumentar despiadadamente, la mayor parte del tiempo por impulsos sobradamente culturalizados, por ti o por ella, ni fu ni fa y qué más da norte que sur si hay detalles por todas partes. La cantidad de energía que empleamos para cultivar la ilusión de estar en control, la invertí en escuchar a los vientos, sopesar la densidad de las nubes, oler la temperatura del mar, saborear la extraña textura de las opiniones. Comprendí que lo único que hay es nacimiento y que escuchar siempre es ser movido.

Cuando comencé a danzar los ¿Porqués? ya me hacían reír. Estaba a la deriva, con el desprecio hacia una sociedad que nos expolia la vida como único timón. No sé porqué bailo y cuando me lo preguntan no hago ni el mínimo esfuerzo para encontrar una respuesta inteligente. Bailo porqué no entiendo nada.

Seguramente no bailo para expresarme. No tengo nada que contar. Cuando, en el fondo de la noche, busco un motivo para la comunicación todo se enmudece. No necesito comunicar nada. Solamente porque se trata de una respuesta manoseada al extremo nos parece inofensiva. Con un poco de perspectiva, la pretensión de tener algo que contar, de querer contar algo, aparece inquieta en el mar de vanidad que la mece. ¿Quién realmente tiene algo que decir? ¿Qué cosa que pueda ser dicha o danzada se merece que mendiguemos la atención de los demás para comunicársela?

Bailo porque en los abismos no se puede hacer otra cosa que caer. Bailamos para intimar con la vida que no pertenece a nadie, que no lleva ningún nombre propio ni se deja definir por ningún discurso sabiondo. Algo en el fondo de las tripas, en la superficie de la piel, entre tú y yo, en los remolinos del aire que exhalas, por debajo de nuestros párpados, en la luz del sol y en las casas en ruinas… Algo incomprensible nos llama. La danza no es sino acudir a esta llamada. Danzamos para comprender algo, para ensanchar el vasto territorio de nuestra ignorancia. Bailamos para conocernos un poco mejor, para atravesar este mundo y esta vida con un toque extra de dignidad. Queremos danzar, queremos hundirnos entre las sábanas junto a esta amante misteriosa que es la vida, olerla, tocarla, susurrarle secretos que ignoramos. Por favor, que bajen la luz, cuiden sus pasos, si tu móvil suena te lo hago tragar. Que apaguen la música por dios, quiero oír su pestañeo, quiero que su sutil gemido golpee mis tímpanos como el trueno. No seas brusco, no te muevas, está llegando, nos está envolviendo. Prepárate para sueños salvajes.

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Una respuesta a ¿Para qué danzamos? Sobre el arte de los que no tienen nada que contar

  1. infinitas gracias hermano.

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