La existencia entumecida. Estrategias para sabotear el mundo II

1. La apertura de un lugar «entre»

El nacimiento es una imperiosa catástrofe. Una precipitación del ser entero en el seno de un mundo radicalmente diferente sumergido en una inmensidad tan delirante como inabarcable. Hemos sido concebidos solo para ser arrojados en lo inconcebible. Al surgir en este mundo lo abrimos, creamos un espacio «entre» donde pertenecer. Creamos el medio. Espontáneamente, en este lugar que solo existe abriéndose, construimos una identidad que actúa como protección frente al traumático comienzo de la vida atmosférica. Hay que defender la vida sensible oceánica, oscura y creativa frente a la agresión constante del mundo social y ficticio todo hecho de luz y ruido. En la construcción de una identidad protectora, nos ayudan de muy buena gana el clan de los aterrorizados que nos proporcionarán nombre y número. Esta identidad tiene la función de zona tampón: crea una distancia entre el núcleo naciente de la vida continua y el mundo falso de la representación social que carbura al miedo frente al hecho de nacer (y accesoriamente al hecho de morir). Antes de mirarte a la cara la tribu te miró entre las piernas. Lo animal sexual antecede al rostro social. El arte salvaje precede al teatro sonriente de los complacientes.

Foto de Fernando Ortega.

2. Entre, de un lado, lo social simbólico (ficticio)

Lo único realmente vivo es este núcleo anónimo de la vida naciente. Este impulso vital precede su socialización. Hubo vida antes del símbolo. Hubo emergencia antes de la reunión. Ciertamente, hoy en día, y desde milenios, desde formas de vida mucho más antiguas que la forma humana, el impulso naciente solo florece en una red de cuidados sociales. Es necesario que hay una red de acogida de lo que nace porque surgimos cayendo. La sociedad teme la ferocidad de lo naciente, su soberano salvajismo, su aberrante fragilidad. Y por eso la ataca y ansía con someterla. Hay un deseo social de acabar con el caos del nacer. Hay una voluntad del ser de aniquilar el nacer (no ser). Pero el autodenominado Bien no puede triunfar totalmente: del mismo modo que el nacimiento necesita de la vida social, la vida social no prospera sin energía naciente. El aliento del ser es su otro. Entre el ser y el nacer, mi tormento y yo tratamos de sobrevivir, de salvar la cara y de perder el control, a partes iguales…

La identidad, esta tierra de nadie entre la carne viva – la vida encarnada del bebé – y la falsedad del ciudadano servil, crece a medida que hablamos. Hablar engrosa la identidad. Habitamos tanto tiempo el lugar entre lo real naciente y lo irreal de la ficción social que terminamos siendo ninguna de las dos. Acabamos creyendo en la identidad, repudiando como debido el mundo social por su carácter insuficiente y olvidando el nadie originario. De temer la aniquilación del ser y la irrupción caótica del nacer, acabamos presos de un ego parlanchín adicto a su propia historia biográfica.

La cuestión es que la sociedad no necesita de nuestros cuidados: ella vampiriza a través de nuestros cuentos biográficos la energía naciente de la carne cruda. A través del lenguaje, se apropia la energía naciente para fortalecer la ficción de su ser. La sociedad pervivirá con o sin nuestros favores. Pensar desde el arte de nacer no entraña ningún peligro serio para la sociedad. Como mucho, e idealmente, pensar en nacer puede dañar ciertas formas de socializar, formas que nos harían un favor en desaparecer. El nadie naciente por el contrario necesita cuidados, atención, necesita un portavoz, una danza, necesita arte para no pudrirse. Cuando vivimos centrados en la identidad como si existiese una individualidad real, cuando renunciamos al mundo compartido y al vértigo de la singularidad naciente, gana la sociedad vampírica.

Foto de Fernando Ortega.

3. Y, de otro lado, el animal animado

No se trata de abogar únicamente por la animalidad anónima que anima la vida. Se trata de comprender que no podemos mejorar la vida social falsificada poniendo el foco en la socialización. No podemos salvar el mundo, ni el planeta, ni este colectivo. Se trata de comprender que cuidando la vida naciente transformamos la sociedad. Desde la identidad convertida en prisión debemos ir a calmar, escuchar, acuñar, favorecer y facilitar la continuación del nacimiento que nos arrolla. Nuestro nacimiento nunca terminó. Seguimos naciendo, aterrizando, surgiendo. Seguimos caóticos. Cuando nos apoyamos en este movimiento del nacer, en lugar de en la sustancia del ser – el movimiento es anterior a la sustancia -, la identidad se ensancha y se hace porosa, se hace transitable, susceptible de ser atravesada y el mundo embellece. El mundo embellece porque el nacimiento es pura afirmación de la ausencia de sustancia. El nacimiento genera mundos. Entonces, al apostar por la parte naciente del ser frente a las partes identitaria y social, no perdemos nada valioso. La parte social comprende que no necesita vampirizar, someter, humillar el mundo incipiente. No lo necesita porque nacer es una ofrenda de mundo. Nacer se regala. El mundo no pierde nada más que su horrible cara aterrorizada por el tiempo emergente. La identidad pierde su peso, su solidez, su horrible cara asustada de todo.

Foto de Fernando Ortega.

4. La existencia entumecida

La psique es una zona entumecida. Nuestra civilización es una empresa gigantesca de estrés enfocado a calmar la fuerza del nacimiento. Aceptar el ser naciente, aprender de los bebés, soñar con los niños, envejecer acercándonos al ser naciente. Morir siendo nadie dejando una civilización apenas aparecida. No dejar rastros de fijación, de ficción, de falsificación. Creer en tu cuento y pasar tu vida defendiendo tu biografía en una civilización que odia todo lo que no entiende es el camino más corto hacia la miseria y la desdicha. Hay que escuchar el aliento mucho más que el contenido lingüístico que a veces transporta. La función de la identidad es no sentir tanto, es entumecer la insistencia, lo que da a luz a la existencia. Creamos nuestro cuento identitario para no sentir tanto el violento choque entre nacimiento y sociedad. El peligro reside en que acabamos sintiendo tan poco, necesitados de experiencias tan intensas para sentir algo, que la sociedad colapsa en formas de absoluto terror. El nacimiento que no se agota vuelve como torrentes para arrasar con el mundo que quiso salvarse del caos originario. La sombra que no se explora constela con todas las sombras para generar los monstruos que llenan los libros de historia. Dejémonos de historias, y pensemos en nacer.

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