El goce de vivir deseando morir

Si quieres vivir, también quieres morir. O bien no entiendes lo que es la vida.
Paul Valéry

Hay que meditar sintiendo el aliento de la muerte en la nuca.
S. N. Goenka

Matilde Javier Ciria en Alma negra 00×00. Foto de Raúl Bartolomé

Nacimos hambrientos en un mundo gris. Para comer, solo se nos servía un futuro disecado que no saciaba ni el más ingenuo de nosotros. Nos quedaba el alcohol, la droga y el agotador disfrute de experiencias intensas. Éramos jóvenes y exhaustos. Desbordábamos de una vida que parecía no valer la pena.

Queríamos morir pero el suicidio no era solución porque matar a un cadáver no tiene sentido. Queríamos que muriese esta vida que era a todas luces un engaño.

Reconocer que no tenía nada que perder me daba vértigo. La muerte como el último escondite. Entonces cerré los ojos, tomé muchos aviones, ultrajé muchas fronteras y amé muchos cuerpos. Maté al ciudadano y viví la segunda ola de juventud repudiando un futuro que en realidad nunca quise. Quería morir pues me ahogaba en mis propias ganas de vivir. Tardé años en percibir la infinita distancia que separa el deseo de morir del no querer vivir.
Un santo decir sí – es lo que vi en el fondo del abismo.

¿Cómo no sentir atracción hacia el viaje de la muerte? ¿Cómo no tener curiosidad por el otro lado, por el paraíso, el infierno, el silencio eterno, la negrura total, el purgatorio, la disolución absoluta, la reencarnación? Nada de lo que puede ser la muerte carece de atractivo.

No diría que es una creencia. En todo caso, no trataré de convencer a nadie de ello nunca. Es un saber intuitivo, como la danza te regala el hábito de habitar el espacio, el butoh te regala el sosiego en los naufragios. Se aprenden verdades entrenando el arte de desaparecer. Hay un mundo invisible que siempre está aquí. Las palabras no matan el silencio, lo encubren. La luz no triunfa de la oscuridad, la oculta. Cuando nos callamos, el silencio que nunca dejó de estar ahí aparece de nuevo. En este silencio descansamos, y resulta que este silencio desborda de música. Cuando la luz se apaga, cuando el sol se pone, cuando la lógica falla, cuando el amor se duerme, la oscuridad que nunca dejó de estar ahí aparece de nuevo. En esta oscuridad descansamos, y de repente te das cuenta que la oscuridad brilla.

De igual modo que siempre persisten la oscuridad y el silencio, la muerte está aquí en nosotros en cada instante. La vida no lucha en contra de la muerte, la encubre. Ya sé, desde la médula de los huesos, que lo que la muerte es depende de la vida vivida. Sigo queriendo morir, pero no tengo prisa. Estoy excitado, tengo ganas de vivirla, la muerte. Entendí que la muerte es una experiencia que se vive. Y vivo entrenándome, no quisiera perderme ningún instante de la puerta giratoria. Me gustaría morir desnudo con una sonrisa en los ojos. Por eso vivo desgarrando capas y jugando siempre que pueda al santo decir sí. Por eso danzo, para intimar cada día un poco más con el nadie originario que habita en el centro de la columna. Ninguna identidad triunfa de la inexistencia. Se puede hablar honrando el silencio. Puntos suspensivos, preguntas, paradojas, flechas, sarcasmos, poesías… Se puede encender luces sin traicionar la oscuridad. Claroscuros, sombras, huesos… Se puede vivir sin enfrentarnos a la muerte. Como si la vida fuese un sueño que se inventa la muerte para embellecer su alma.

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