Nacimiento y destrucción. Pensar y danzar sin dualismos

“Quien quiere nacer debe destruir un mundo.”
– Herman Hesse, Demián

“El huevo, por su forma misma, acoge a la muerte y, irónicamente, da la vida.”
– Ushio Amagatsu, Des rivages d’enfance au butô de Sankai Juku

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Niño geopolítico observando el nacimiento del hombre nuevo, Salvador Dalí.

La oposición irreconciliable entre la vida y la muerte determina desde orígenes inmemoriales los sistemas metafísicos y religiosos de las culturas humanas. La oposición entre nosotros y ellos organiza la política humana desde tiempos anteriores a cualquier cultura. Según cierta tradición marginal del budismo, la separación entre el espacio y yo estructura la mente en sus capas más profundas, se podría decir incluso que esta separación es el origen de la mente. Las dicotomías nosotros VS ellos y vida VS muerte no son sino consecuencias de la separación primordial entre un principio individual y una representación del espacio como un otro externo. Ningún nosotros resulta consistente sin su otro (su enemigo), ninguna vida individual trasciende la muerte. Nada ni nadie es radicalmente distinto del espacio donde su ser evoluciona. Ramificaciones del espacio y efusiones de un ser naciente: pensar, vivir y morir desde este posicionamiento inquieto desemboca en otra presencia.
Formamos parte de un espacio que nace desde el fondo de los tiempos.

Asociamos intuitivamente el nacimiento a la fragilidad del retoño, al cariño y el cuidado que necesita y que se le ofrece de manera tan espontánea como sincera. En segundo plano, un poco a nuestro pesar, al pensar acerca del nacimiento, oímos los gritos, tememos la sangre y su olor que nos recuerdan que nacer flirtea con la muerte, nos resignamos al dolor – o así era antes, muchas personas hoy en día promueven anestesiar la intimidad con el proceso de dar a luz al riesgo de perjudicar, en las capas más profundas del subconsciente, la intimidad con la criatura naciente (experimentos de las últimas décadas pusieron de relieve que los mamíferos no humanos que paren con epidural o por cesárea rechazan posteriormente a sus crías). Más allá de la ternura y el salvajismo del proceso, solemos obviar, por lo general, que la destrucción es implícita en el nacimiento.
Si anhelamos un espacio naciente, debemos distanciarnos de una concepción color pastel del nacimiento que lo aleja de la violencia y la destrucción.

Ushio Amagatsu resalta el hecho de que cuando vemos un huevo contemplamos el nacimiento desde la perspectiva de la criatura que emerge a expensas de la cáscara. Entonces se asocia a una suerte de ideología de la expresión de sí mismo. El butoh de Tatsumi Hijikata rompió con el expresionismo al sostener que la expresión no provenía de nadie, de ningún sí mismo. Expresión sin dueño, sin sujeto. No conviene considerar el nacimiento desde la única perspectiva de la criatura emergente. Hay que meditar, como quiere Amagatsu, el destino de la cáscara del huevo. Ningún nacimiento sin destrucción.
Querer nacer implica querer destruir un mundo, según el personaje creado por Hesse. La obra con la cual Dalí presagia el nacimiento del hombre nuevo si bien pone de manifiesto la destrucción inherente al nacimiento, no emancipa el pensamiento del antropocentrismo que condena el ser humano a cultivar una mente separada del espacio. El pensamiento naciente, si supiese pintar, mostraría un ser humano gigante siendo desgarrado por un incipiente mundo inaudito o por el surgimiento de una criatura desconocida. Desconocida, inaudito. Tal vez irrepresentable.

El butoh es la danza del nacimiento. No sirve para expresarse a sí mismo. El yo, el individuo, la autonarración, etc, no son sino una cáscara. Mi yo contiene una fuerza anónima. Yo incubo. Cuando yo bailo, lo que nace me destruye. Cuando bailo de verdad, cuando el nacimiento recibe espacio y tiempo, entonces no vuelvo a ser lo mismo.
Todos los discursos son cáscaras (y todos los yoes y nosotroses no son sino discursos). Necesitamos que tengan una forma eficiente, un grado de dureza importante a la vez que una porosidad alta. Necesitamos sobre todo que sepan morir a tiempo, que deseen su propia destrucción llegado el momento.
No se puede habitar un espacio naciente porque el espacio naciente no existe. Disolverse en un espacio naciente o fundirse en el espacio naciente traducen mejor la imagen de una danza del nacimiento. Habitar un espacio naciente perpetua la ilusión de un espacio existente que sería transitado por una criatura. Disolverse evoca la destrucción de esta separación entre yo y espacio. Somos el espacio. Nacemos. Nacer es una forma de ser.

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