El espacio en movimiento · Semana 4

Un pequeño texto para rememorar la semana y poner en perspectiva el trabajo realizado.

“Not you, space is moving” repite sin cesar Rhizome allá en su escuela del Himalaya indio. No tú, el espacio se mueve; no tú, el espacio respira; no tú, el espacio danza. Las sensaciones y los pensamientos pertenecen al espacio. Somos testigos anónimos.

Este cuerpo naciente irradia y nuestra mente no está enjaulada en el marco de la piel. Resulta relativamente fácil, una vez calmada la atención, percibir sensaciones en periferia del cuerpo. Hemos activado lo que Lee llama las pieles escondidas para despertar nuestro movimiento desde el espacio negativo, o sea todo lo que no es mi cuerpo. Debido a nuestra herencia cultural, estamos acostumbrados a pensarnos como bailarines solistas en el estudio de danza, o en el receptáculo espacial que sea, o en el paisaje abierto que sea. Siempre hay un trasfondo a mi danza. Yukio Wagari, alumno de Tatsumi Hijikata, nos contaba en el Ex… It! de este verano que su maestro no bailaba en el espacio sino que hacia bailar el espacio.

Nos hemos entrenado estas semanas a desplazar el foco de nuestra atención de distintos modos en el cuerpo o en partes específicas. ¿Qué sucede cuando la atención nace – o imagina que nace – del espacio exterior?

Para investigarlo, hemos retomado la herramienta del escáner del cuerpo. Es clave entender que una parte de la mente subconsciente percibe continuamente las sensaciones del cuerpo. Del mismo modo que respiramos, prestando atención al flujo del aire o no, sentimos prestando atención a las sensaciones o no. Al poner la apertura de nuestra mente en una sensación, facilitamos que la información subjetiva de la cual radica emane hacia fuera. Se dice en el budismo tibetano de los sueños que durante la noche la mente recorre el cuerpo para expulsar la información innecesaria acumulada durante el día. Por eso cada mañana nos despertamos un poco agarrotados. Tomando el tiempo, nada más despertarnos, de observar el trabajo realizado durante la noche por nuestra mente inconsciente nos proporcionará datos valiosos acerca de los lugares en qué se atasca el compartir entre dentro y fuera, acerca de los lugares oscuros. Durante la noche seguimos sintiendo, rascándonos donde nos pica un mosquito, o cambiando de posición cuando estamos incómodos, etc. Cuando nuestra mente deshace un nudo, experimentamos esta liberación con sensaciones e imágenes, esta liberación la llamamos tener sueños.

Trabajamos el escáner del cuerpo para entrar en contacto con una herramienta que ya tenemos y que funcionará hasta el final de nuestros días. No necesitamos realizar el estudio de todas las sensaciones que aparecen y desaparecen mientras bailamos pero el entrenamiento y el tiempo invertido en sentirnos y nada más hace que mientras bailamos podamos reconocer un abanico amplio de sensaciones, lo que se traduce por múltiples caminos de improvisación, cada uno de ellos enraizándose en la realidad experimentada más que en una técnica aprendida. Cada sensación es una puerta de entrada al país de las maravillas, al mundo subconsciente. Y, a su vez, enraizando el movimiento en la sensación física, hacemos bailar el espacio, pues lo que sentimos no es nuestra individualidad sino campos compartidos, memorias en resonancia.

Hemos despertado las sensaciones y aflojado la imagen del cuerpo para luego investigar un poco en la imaginacción (cómo imaginar modifica la materialidad del cuerpo). Sin hacer ni sostener, sin hacer ni frenar, hemos soñado en distintas direcciones del espacio. (Otro día bailamos los siete rizomas de Rhizome Lee, las siete direcciones del sentir en el espacio.) Desde las paredes de la sala hasta la luna o el sol, pasando por territorios lejanos y países imaginarios, hemos enfocado nuestra atención al espacio y observado cómo se modificaban las sensaciones físicas.

Antes de improvisar, hemos abierto la posibilidad de encarnar el espacio de los demás. Una vez más mostramos la caminata de las cenizas, invitando el pasado que fue necesario para que nuestra vida tenga la configuración que tiene ahora, y desde atrás resonamos con el pasado de los demás. No conocemos el pasado de la gente. Conocemos incluso muy poco el nuestro propio. Por consecuencia, no sabemos lo que los demás necesitan vivir para liberarse. Goethe: “He hecho el bien y he hecho el mal. He visto el bien salir del mal y he visto el mal salir del bien.” Nunca sabemos lo que hacemos. Lo único que tenemos son estas sensaciones que podemos experimentar como llamadas del espacio. Inspirados en la corriente de la sabiduría loca del budismo tibetano, privilegiamos, a la hora de relacionarnos, de improvisar el mundo juntos, la espontaneidad consciente, la inocencia, la sorpresa, la imprevisibilidad, la generosidad. Para los sabios locos la compasión significa acoger lo que debe estar acogido, cultivar lo que debe estar cultivado y destruir lo que debe destruirse. Hay que hacer lo que es necesario. Gravedad, respiración y sensaciones están necesariamente presentes. Las escucho, dispuesto y disponible a lanzarme al espacio abierto para encarnar el cuerpo que sea, para corporeizar el pasado que sea, para dar salida al espacio que sea.

Improvisamos media hora considerando los demás como emergencias del pasado, como personaje de mi sueño, y considerándonos a nosotros mismos como nada más que el sueño de los demás, como el trasmundo de los demás.

Tú no bailas, el espacio, que somos nosotros, baila, bailamos.

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