Una danza verdadera
La noche es profunda en el valle suizo. La matrona se acerca a la mujer. Susurra al oído de la parturienta que deben partir hacia el hospital porque el bebé viene de nalgas. La bailarina de parto no contesta, suspende el instante para abrir una brecha en el tiempo. Comienza un diálogo entre el cuerpo en movimiento de la adulta y el misterio que pulsa desde el fondo del tiempo.
Comienza una verdadera danza en la que el bebé se dará la vuelta, una revuelta, una danza donde la vida se rebela, donde el deseo se revela. La danza del cuerpo al servicio del enigma que abriga torna el bebé, que se lanza cabeza primera hacia la boca del mundo. El caos se alinea.
Al alba, al cantar de los pájaros, el bebé ha nacido. La mujer agotada yace entre las sábanas empapadas y los gritos del deseo de vivir.
Ella había estudiado butoh en el Himalaya con un maestro japonés, años atrás. Soñaba con ser performer cuando volvió a su tierra natal. Acabó cuidando vacas y perros. Se enamoró y su arte se convirtió en la vida rural. Cuando se preña, ya ha abandonado el sueño de ser artista. No hay escenario rodeado de telones negros. No hay focos de luz ni máquina de humo. La danza reapareció una noche sin luna, generando la posibilidad para un bebé que viene de nalga de darse la vuelta y nacer directamente en un hogar.
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Aquella noche en los Alpes suizos sucedió una danza verdadera.
El surgir del mamífero es puro nacer. El cuerpo de la madre humana se abandona a una verdadera danza cuando trata de recordar el anhelo fuera de la asfixia, cuando resuena con la vida que busca salida, cuando se pone al servicio del puro nacer.
La danza verdadera se entrega al surgir originario.
Un solo deseo, tres mil cárceles
El bien es lo que desea liberarse. El butoh es el bien en acto, un proceso de emancipación en movimiento. La emancipación es un anhelo universal. Este impulso común a todos los cuerpos acontece siempre en el seno de una cultura, de un sistema de codificación, simbolización, anudamiento, encubrimiento, que tiende a pervertir el deseo de liberarse para supeditarlo al uso de libertades formales interesadas. La sociedad hace trabajar el deseo de vivir, el gran sí a la vida, a favor de valores ficticios. El butoh nos libera de la expropiación social de la energía naciente. La danza encuentra las formas para salir de la cárcel y del hospital. Estas formas de salir, impulsadas por el bien, depende de los edificios culturales de los que se emancipa.
El butoh, impulso universal de liberación, se tiñe de la cultura en la que acontece. No es lo mismo escapar de una cárcel de bambú que de una cárcel de acero. No es lo mismo huir de una isla que aventarse de la montaña. No es la misma danza aquí que ahí. Pero nace del mismo butoh.

Una oda a la alegría de vivir
En el estudio, el cuerpo aparece desde puntos de apoyo inverosímiles. Los dedos se crispan. La boca se tuerce y los ojos se voltean. La espuma desborda los labios y la baba gotea hacia el suelo. Los miembros se retuercen. Sonidos irreconocibles emanan desde las tripas. Baila como un demonio en agua bendita.
Pero no baila el sufrimiento. No expresa el dolor humano.
Es la danza del gran sí a la vida.
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Los cuerpos retorcidos de los butoístas buscan enraizarse en la experiencia del mundo naciente. Aceptan todo lo que la vida les presenta. De camino a las experiencias las más sutiles (es decir las más inmensas), disuelven los filtros y juicios de su mente consciente y personalizada. El dolor y el sufrimiento se abrazan, de manera colateral, cuando se presentan. No porque sean dolor y sufrimiento sino porque son síntomas de vida. El butoh tiene que ver con el gran sí a la vida.
Reflexionando desde la concepción nietzscheana acerca de los orígenes de la filosofía, Enrique Salgado Fernández escribe en Dolor y nihilismo: “Aquellos hombres estaban más ocupados en la alegría y en la creación que en evitar el sufrimiento. Hay que padecer el sufrimiento cuando llega, sin convertirlo en el eje constante de la vida. Nosotros, de forma reactiva, estamos obsesionados con la supresión del dolor. Una obsesión que no deja apenas espacio para la auténtica alegría de vivir. Todas nuestras pequeñas alegrías nacen empañadas por el temor, la precaución excesiva y la visión anticipada de lo que ha de venir. […] Los hombres del mundo antiguo sabían disfrutar mejor, nosotros sabemos afligirnos menos.”
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Los butoístas abandonan las formas sociales para entregarse al bien, al deseo de emancipación, al anhelo de seguir naciendo. Se zambullan en el manantial del tiempo que abre nuestro mundo. Su cuerpo es una fiesta, una auténtica alegría de vivir. Transitan lo que les toca movidos por un asombro, un vértigo y un hambre ilimitados.
Formas del cielo en la Tierra
Aunque se escucha a menudo, la idea según la cual el butoh trabaja desde el sufrimiento y busca expresar el dolor, la aflicción y la fealdad es errónea. El butoh sabotea el juicio formal y lo hace proyectándose hacia el impulso creativo más lejano. El butoh anhela un mundo nuevo, un aire fresco, una libertad inaudita.
La belleza, cuando vive, no es simétrica, ni lisa, ni pura. La belleza grita como un bebé naciendo, baila como una mujer inventando caminos para la vida surgente, llora de asombro ante un mundo cuya inmensidad humilla a la prepotencia del lenguaje. Las torsiones y los cuerpos retorcidos que aficionamos en butoh se deben leer como los olivos que Van Gogh pintaba mientras Nietzsche escribía Zaratustra.

Centenarios, milenarios, los árboles que pinta Van Gogh, que Atenea regala a Attica, cuya rama una paloma trae a Noé para anunciar el fin del diluvio y el restablecimiento del equilibrio entre lo humano y lo divino, tienen las formas del tiempo, del sol, del viento, de la lluvia, del terreno. La belleza de la torsión y del gesto único queda patente en el árbol de la vida. La belleza de un espíritu emerge cuando éste tiene las formas de este mundo. Se dice que los olivos de Van Gogh, que preceden de poco y de cierto modo anuncian La Noche estrellada, muestran las formas del cielo en la Tierra.
Las danzas retorcidas de los butohkas rinden homenaje al deseo de seguir naciendo. Sus formas irreconocibles son ofrendas a la belleza del bien, al anhelo de salir de la asfixia.
Cuiden sus ojos y la próxima vez que vean cuerpos retorcidos, piensen en primer lugar en la belleza de los olivos, en la fuerza del tiempo y de los elementos, en el deseo de vivir de los bebés y de parir de las madres. Buscad la belleza antes de proyectar cuerpos angelicales simétricos y castrados y demonios en agua bendita. Extirpémonos del nihilismo de las formas buenas y malas para incardinar nuestro movimiento a la fuerza que nos llevó al mundo.





