La belleza no se apresa. Descodificando el butoh

El código del butoh no existe. Butoh es lo que escapa a su sistematización. Es el agua que se filtra en las grietas de los edificios conceptuales. Es el silencio que los códigos pretenden tapar. Butoh es irreconocible. Cuando lo tienes, lo perdiste.
Un eslogan: Si entendiste el butoh, haz lo contrario – ¡también es butoh! Y luego, mezcla los dos, butoh y anti-butoh.
En una fórmula más lírica: el butoh es algo que debes inventar. Butoh es una palabra sin sentido capaz de acoger el sentido de tu creación. No sé cómo es El butoh. Si sé que tendrá que ver con la gravedad, las sensaciones, la respiración y las imágenes en el sentido más amplio que podamos imaginar. Pesar, sentir, respirar y pensar – no hay otra cosa. Todas las formas, todos los códigos, todas las vidas evolucionan en el arte de nacer. Pero ninguna forma puede presentarse como la socia de preferencia de la vida naciente.

Foto de Raúl Bartolomé en la velada excénica de A Butoh Pelao, abril 2024.

En la pedagogía butosófica, recorremos a algunos recursos que permiten avanzar hacia el horizonte del no saber. Como atajos para perder la idea de un destino correcto. La inestabilidad postural y las torsiones físicas son dos ejemplos.

La inestabilidad es un recurso para estar a la escucha de lo que nace en nosotros, de lo que antecede a la ficción de un personaje fijo que inhibe la creatividad de nuestra vida anónima. Inestables nos vemos obligados a dialogar con la gravedad, hilvanando así la mente con las fuerzas del mundo común. Mientras dialogas con la gravedad has dejado de nutrir el fantasma subjetivo que contesta a la llamada de tu nombre. Cada momento que nos sentimos y que pensamos en la experiencia real es un momento sustraído a la edificación de falsas verdades. Inestables estamos abiertos a lo que pulsa desde el subsuelo.

Las torsiones son otro recurso pedagógico. Un poderoso recurso que sin embargo no podría servir a la definición del butoh. La retorsión es útil para varias razones, razones que se dinamizan mutuamente. Las enumero sin jerarquizarlas. Primero, la torsión hace emerger formas corporales en las cuales el yo ciudadano no se reconoce. Aparecen cuerpos que no manejamos en la vida cotidiana, cuerpos que la consciencia ciudadana no domina. Formas del no-yo.
A continuación, en segundo lugar, las torsiones involucran capas de músculos más pequeños, más cercanos a las articulaciones. Los músculos más superficiales son a menudo más largos y muchos conectan dos articulaciones. Como el bíceps hace de puente entre hombro y codo o el cuádriceps entre cadera y rodilla. Por debajo de la musculatura más superficial, hay músculos más pequeños y más oblicuos que, si bien trabajan para el cuerpo visible continuamente, no están tan manejados por la mente consciente. Vibran como en el subsuelo de la identidad. Estas formas a las cuales no estamos acostumbrados implican tejidos más profundos donde se han sedimentado experiencias menos inmediatas, más antiguas, más cercanas al origen. La torsión puede ser un buen modo para traer a la mente consciente un secreto enterrado, como si estrujándonos podríamos sacar aguas viejas.
En tercer lugar, la torsión permite un refinamiento de la experiencia sensorial. En la torsión abundan las sensaciones físicas diferenciables. Diferenciándolas, midiéndolas, cartografiándolas, enriquecemos el cuerpo experimentado. El cuerpo se transforma en un jardín de abundantes flores, colores y olores.

Tanto la inestabilidad como la torsión, que tienen mucho que ver la una con la otra, sirven este propósito fundamental: enriquecer la forma y el contenido real sensorial de lo que llamamos cuerpo. Otro eslogan: Muchos detalles físicos, sensaciones distintas en cada ángulo formal, mucha intuición, pocas ideas. Cuando se crea el hábito mental de danzar con un cuerpo ricamente detallado, la abundancia se traslada a posteriori al simple estar de pie. El problema no es estar de pie simplemente. El problema es que a menudo cuando estamos de pie resonamos con una forma muy empobrecida, una imagen simplista del cuerpo, que no permite sentir todo el abanico de sensaciones y voces disponibles y perdemos interés en la vida naciente.
(Las ideas buenas son siempre pocas. Las opiniones y los juicios pueden abundar en la mente ciudadana. ¿Pero una buena idea? ¿Ideas que convocan a la vida entera, ideas que merecen que nos zambullamos enteros en ellas? Pocas. Por eso lo esencial del trabajo es la escucha. Escucha con una pizca de arrojo para estar preparados para saltar cuando se de el momento.)

Con la inestabilidad y la torsión, nos entrenamos en pensar constantemente en relación con la gravedad un cuerpo lleno de matices tanto formales como sensoriales. Hasta convertir el cuerpo sentido en nicho ecológico natural de la atención. Hasta vivir el mundo común desde dentro. Y luego, cuando estás sencillamente de pie, estable y formalmente simple a primera vista, el cuerpo sigue estando dividido en mil pedazos que sirven de ventana al mundo para millones de fenómenos sensoriales sutiles que no son sino la vida manifestándose a través de nosotros. La inestabilidad y las torsiones son un entrenamiento para hacernos vitalmente abundantes. Eventualmente nos quedamos a vivir ahí, donde incluso las formas ciudadanas se viven de manera inestable y llenas de caminos, entradas y salidas.

Si el butoh necesitase de un código, para mí sería esto: abundancia vital, desbordamiento existencial, vacío poetizándose, arte de nacer.

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