Para una razón esquelética · Semana 7

Hace cerca de dos milenios y medio en la Grecia moribunda nació la Academia. La Academia de Platón era un lugar de entrenamiento para la vida reflexiva. En La República, Platón ofrece una indicación que por desgracia pasó desapercibida o se tomó por irrelevante. La vida reflexiva, decía Platón, ha de iniciarse con un giro efectuado con el cuerpo entero.

Nietzsche, hace un siglo y medio, volvió a ordenar el pensamiento a su sustrato corporal. La razón, decía, no es más que un síntoma de la fisiología del pensador. El cuerpo es la gran razón. Los argumentos y las filosofías son meros cuentos superficiales que emergen de una compleja organicidad. Los pensamientos nacen como las flores y sin árbol o tierra son impensables.

Desde hace medio siglo, tras la Secunda Guerra mundial y los gulags, el pensamiento de la resistencia y los impulsos revolucionarios, por mucho que mantengan algo de contacto con el mundo donde viven, han visto cómo se desmoronaba el sustrato de su pensamiento. El proletariado ya no sirve de base para pensar otros mundos. El pensamiento crítico se abalanzó sobre el cuerpo como un hombre en el mar abierto se lanza sobre el bote salvavidas a su alcance. La cantidad de material escrito sobre el cuerpo desde cincuenta años constituye una prueba irrefutable de la vacuidad del concepto. Un concepto sirve para forzar la inercia del pensamiento. Cuando en la marcha ciega del mundo se alzan banderas con la efigie de un concepto, sabemos que esta palabra está marchitada. Cuerpo ha sido la palabra salvavidas para un pensamiento crítico genuino pero hace ya tiempo que cuerpo se ha convertido en una de las máscaras de la derrota del pensamiento.

Hace medio año, vi a Hisako Horikawa bailar en los jardines de la universidad Carlos III en Getafe. Después de su performance, Hisako dio una pequeña charla antes de contestar a algunas preguntas de la audiencia. Un hombre joven, visiblemente entusiasmado con lo que había visto, quiso elogiar la gran destreza técnica en el movimiento de Hisako y se emocionó al contemplar, decía, un cuerpo liberado de la mente, un cuerpo que no pensaba. La respuesta de Hisako es digna de recordar: no sé muy bien de qué hablas, dijo, en mi danza no hay técnica y yo pienso continuamente.

Pensar no desde el cuerpo, pues no sería hacer mucho más que aquello a lo que nos invita la publicidad la más grosera y estúpida, sino desde el esqueleto. Necesitamos una razón esquelética. Una razón enraizada en la imaginación de una interioridad real y compartida. Una razón dinamizada por un movimiento que desconoce la diferencia entre vida (otro concepto pervertido en el mundo contemporáneo) y muerte, pues el movimiento de los huesos perdura más allá de la muerte individual. Una razón movida por la oscuridad y lo invisible, pues a parte de los dientes y del sufrimiento extremo los huesos son invisibles. Invisibles pero perceptibles. Puede verse el esqueleto del otro si la mirada atraviesa la luz para sensibilizarse a lo que pulsa en la oscuridad, tras la piel de las cosas. Una razón ordenada a lo que pulsa, al subconsciente que mantiene en tensión la identidad, la piel y los músculos. Una razón para la cual destrucción y creación no se oponen. Una razón para la cual el espacio nace de una forma interna y está poblado de memorias y de los frutos del antaño. Un razón que no se explicita sino que se cubre de pieles, ojos, colores, poesías y fantasías…

Esta semana hemos estudiado las sensaciones físicas desde la matriz del esqueleto. Después creamos una pequeña pieza integrando todos los movimientos y las imágenes encontradas este otoño. Hemos presentado las piezas en un mundo vivo donde otros esqueletos componían, contrastaban, se contagiaban del mundo onírico.

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Una respuesta a Para una razón esquelética · Semana 7

  1. Emilio dijo:

    Exposición en el Palacio de Cristal del Retiro hasta el 28 de marzo 2016.
    Danh Vò, paleontología, huesos…http://www.museoreinasofia.es/exposiciones/danh-vo

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