Cuando madurar es dejar de bailar

No he madurado. O no en la dirección en la que esperan los mayores. Se supone que hoy debería mirar atrás al furor de los veinte años con alguna mezcla autocompasiva de ternura y vergüenza. No sucede. Tampoco experimento la nostalgia de un vigor perdido.

Cuando estudiaba criminología, soñaba con llegar a ser fiscal de algún tribunal internacional y llevar a juicio el gobierno de Estados Unidos así como todos sus países lacayos donde visten corbatas y comen con tenedor.
No que los demás fueran santos. Para nada. Solo que siempre he preferido criticar el mundo donde vivo que apuntar afuera. Es tan fácil mostrar los defectos de los demás. Pensaba entonces, y sigo pensándolo, que la crítica debe atravesar la propia vida. Y viceversa, que la vida debe atravesar lo criticado. No imagino otra función del pensamiento crítico que la de transformar vida y mundo en su mutua implicación. Pensar no es narrar tu propia vida como algo inevitable. Pensar no es justificarse ni consolarse. Ni mucho menos autoindultarse. Pensar sirve para atravesar la vida, para navegar aquello que no podemos ordenar de manera satisfactoria. El caosmos es el nicho ecológico natural del pensamiento: emanan el uno del otro, viven el uno en el otro, se crean mutuamente.

Hoy a mis 43 años, la edad que tenía mi padre cuando mis preguntas empezaron a molestarle, me veo en la obligación de constatar que la maduración intelectual que él y mis profesores del instituto pronosticaban no ha sucedido. Más bien ha sucedido algo peor, como ellos me hice perezoso, cobarde, resignado. Pero, a diferencia de ellos, no tanto como para disfrazar mi derrota de virtud.

Hace unos días, el primer ministro de Canadá pronunció un discurso en Davos donde comentaba el fin del acuerdo silencioso en función del cual el país más poderoso podía escaquearse de las reglas comunes a cambio de cierta garantía de estabilidad. Este primer ministro, escoriando a derecha a pesar de situarse a la izquierda de su oposición, es financiero y me imagino que hablaba de la estabilidad de los mercados. La balanza de la justicia social nunca se ha encontrado en equilibrio. La obscenidad del mundo es patente de siempre. La vulgaridad de los discursos que justifican el estado de las cosas es manifiesta. La hipocresía de los madurados es funesta. Sin embargo, lo que llegó a decir el primer ministro de Canadá en el encuentro de milmillonarios de Davos es que todo el mundo sabe y ve lo que denuncian los veinteañeros que no se tragan el mundo. La detestable condescendencia de los que peinan canas se quitó la máscara en Suiza.

De pequeño le pregunté a mi madre por la alianza de los adultos para saber porqué siempre se daban la razón frente a los niños.

De adolescente me burlaba de la resignación hipócrita de los adultos, viviendo vidas despreciables sin imaginación lejos de cualquier sueño digno. El futuro que me mostraban era a todas luces indeseable. Y lo decía, y lo argumentaba: vidas fracasadas.

De joven adulto hubiese querido incendiar el mundo. Huí de mi país, del confort, del dinero, del consumismo, del derecho individualista, de la publicidad y del trabajo digno como quien huye de la cárcel y la miseria. No es que los jóvenes no entienden el mundo sino que entienden demasiado bien. Y a algunos no se nos pasa…

Ahora que soy padre, que tengo hipoteca, que pago mis tasas e impuestos, que ya no robo en los supermercados, que casi no tomo drogas, que bebo ocasionalmente y nunca demasiado, constato con cierta alegría que sigo siendo joven. Carezco del amor propio capaz de enaltecer cualquier camino. No me amo tanto como para convertir mi estrés mundano en un cuento de gente madura. Si he pecado de joven, habrá sido de paciencia. Le he dado demasiado chance al tiempo. Nada bueno surge de los años si no hacemos nada para descarrilarlos. Posponer a la locura divina es un error.

No por ir empastillado por la vida dejas de ser un fracaso. No por adaptarte ganas superioridad ética. Cierto que el problema reside en dónde hay mucho dinero y mucho poder. Pero replicamos a pequeña escala la miseria del mundo y nuestros pequeños consuelos siguen empujando la inmundicia existencial bajo la alfombra del futuro. Tu tele es demasiado grande, 90 % del tiempo que pasas con el móvil es vacuidad anímica, la mitad de ser responsable es ser cobarde, tu trabajo es inútil, pura funcionalidad vacua, tus amigos te llaman solo por miedo a su soledad, la muerte te aterra. El presente agobia, el futuro aterra y el pasado repugna. ¿Quién puede vivir aquí? Mientras tanto, danzo soñando con seguir naciendo.

Esta entrada fue publicada en Uncategorized. Guarda el enlace permanente.

1 Response to Cuando madurar es dejar de bailar

  1. gracias

    https://ferychar.wix.com/site FB /IG: espaciopropio.augenblick

    Me gusta

Comenta