La imaginación es un dragón hambriento

Dragones, leones, demonios armados sedientos de sangre, amenazadores enanos, bueyes alados, etcétera. Estos son los guardianes del umbral que se encargan de mantener alejados a quienes son incapaces de soportar su propio silencio.
Joseph Campbell

Tre3, con Fernando Nicolás Pelliccioli, Carlos Osatinsky y Jonathan Martineau. Fotografía de Raúl Bartolomé.

La boca

La imaginación es un dragón hambriento. Y los dragones no existen. Por consecuencia la imaginación tampoco existe, es meramente esto: imaginación. Pero el hambre sí que existe.

El mundo es, antes que nada, escribió Quignard, algo que pasa por la boca. Y todo lo que pasa por la boca lo hace también a través de la fantasía. Quignard continuó: La vida es un sueño que se inventa la muerte para saciar su hambre.

Las incisas de los conejos crecen continuamente, hasta tres milímetros a la semana. Si no se desgastan adecuadamente, impedirán que el animal coma. Y si se entuba el animal y se le da de comer forzosamente, como hicieron unos científicos a la curiosidad cruel e insaciable, las incisas seguirán creciendo hasta perforarle tejidos de la mandíbula inferior y el conejo morirá desangrado.
La conclusión de un querido amigo: El don que no se usa te hará perecer.

Los ojos

Allá en el siglo XVII, los monjes del santuario Myoshin-ji en Japón fueron a buscar a Kano Tannyu el pintor. Querían un dragón según natura en el techo de la sala principal del templo. El artista se negó a pintar el animal fantástico, pues, arguyó, nunca había visto a uno de verdad. Se burlaron de él. Se quedó dos años meditando en el templo hasta que pudo pintar un dragón de verás. En otra versión de la historia, es el emperador mismo que deseaba que un dragón presidiese el techo del salón imperial. El pintor que afirmó no poder pintar el dragón por no haber visto uno antes habría sido encarcelado. Se le llevaba una ración de arroz diaria. A los seis meses salió del calabozo para pintar el dragón más vivo del arte japonés.

Solo existe la imaginación y el hambre. Nada se experimenta sin soñar. La palabra dragón viene del griego drakôn, que significa él que mira. En todo ver genuino pulsa la fuerza de la bestia. Nacimos bestias. Antes de la adquisición del lenguaje a los dos años, y antes de la sumisión al dominio lingüístico hacia los siete años, y antes de la entrega total y absoluta a la existencia exclusivamente verbal a la edad adulta, cuando aun nuestro movimiento gira en torno a nuestro propio silencio, vemos dragones, leones alados, hadas y duendes. Cuando el vocablo YO se convierte en epicentro de la existencia, y queda desterrado el silencio, nuestra visión bien educada se reduce a la realidad convencional nombrable. Entonces ya no hay dragones porque ya no hay interés por el umbral de lo real, ya no hay vértigo erguido sobre el nadie originario. El ciudadano vive en un calabozo existencial. No lo dice pero sigue temblando de miedo.

Arnold Mindell llama segunda atención nuestra capacidad de ver imágenes a través de lo visible. Como ver la forma de un conejo en las nubes. Sabemos que es una nube, pero también es un conejo. Se ve el conejo a través de la nube. Esta capacidad innata de soñar lo real debería llamarse más bien la atención primaria. Las convenciones y las cosas nombradas vienen después de la visión demoníaca. Un recién nacido no tiene un cuerpo, sino que es un cuerpo campo, resonando en un mundo de vectores, fuerzas, emociones, colores, sombras, manchas, delirios y gritos. Luego de los demonios, enanos y dragones, vienen las palabras y las cosas. El soñar es primero. No se trata de ser imaginativos, de innovar y tener ideas nuevas. La imaginación no es una capa de pintura nueva sobre un mueble antiguo, ni un filtro sobre una fotografía de lo real. La imaginación es el subsuelo de la materia. Hay que vivir con vértigo.

La cola

Era un espléndido día de marzo en la Sierra de Madrid. Caminábamos ligeramente por la ladera de una montaña, una pareja de amigos, su bebé, Eliot, de tres años, y yo. Cuando vio a un tronco de árbol caído por el suelo, Eliot lo señaló con mucho entusiasmo gritando ¡Mirad, la cola de un dragón!

Mi amiga, con voz suave repleta de atención maternal, dijo: Ah Eliot, ¿este tronco de árbol te parece una cola de dragón?

La respuesta del pequeñajo me llenó de orgullo. Una respuesta maravillosa, ya sin entusiasmo, pero llena de insolencia. Dijo, mirando el suelo: Ya sé que es un tronco de árbol, pero también es una cola de dragón. Le faltó añadir idiota. ¡Ese es un hijo de butohka!

La realidad convencional funciona desterrando la imaginación. Llamamos educación al proceso mediante el cual el ciudadano renuncia a la magia del mundo para centrarse en una versión risible de sí mismo. Risible porque ninguna identidad descansa en el fondo del océano del cuerpo pero el ciudadano explota todo lo que puede en el océano de su vida para engordar una ficción. Risible porque la identidad que le otorga la tribu y sus instituciones de apropiación de la energía naciente se convierte en su realidad. El yo es nuestra religión. El yo es el sujeto que ya no contacta con su propio silencio. No ve dragones porque ya ni se interesa por los umbrales. Por los márgenes de la realidad. Vive, como buen ciudadano, en una sociedad calabozo. En un mundo sin exterior, una realidad sin otro. Ha relegado la ensoñación, la imaginación, el encantamiento a la cola de sus preocupaciones. Vive seriamente preocupado.

El calabozo

Nos han convencido de que la imaginación es cosa de niños y que es inferior a la realidad, reino de los adultos. Lo que colectivamente llamamos realidad no es sino una delirante empresa para cubrir de miedo nuestro propio silencio. Nadie habita en los abismos de nuestra carne. Ninguna identidad subyace al yo que hace funcionar la sociedad contemporánea. El yo es nada más que un susto, un pararrayos contra el silencio. Y nuestro mundo, una mascarada terrorífica.

El silencio es la cuna de la imaginación. Ya no vemos dragones porque estamos presos de la verborrea seriéfila, concibiendo la vida como una mera sucesión de dramas intersubjetivos sin trascendencia, con la mirada perdida en pantallas como ésta. Una infinita red de yoes insulsos. Sigue imperando el terror. Seguimos temblando de miedo por dentro porque nadie se cree realmente este cuento de hadas de que la realidad sea solamente esto: cosas con nombres.

La danza de los dragones

La imaginación es un dragón hambriento. Si no le ofreces el mundo, la imaginación carcomerá el cuerpo que la empobrece. Si no ves dragones, vives encerrado en salas inertes, desterrado en un mundo apático. Alguna gente baila así, moviéndose mucho sin mover nada, un yo haciendo alarde de su capital de movimiento sin siquiera tocar el mundo. Danzar es cabalgar dragones. Y su retorno es imparable. Debemos elegir si emprendemos el vuelo o si nos quedamos en el experimento político-científico donde solo se alimenta una versión empobrecida de nosotros mismos, y donde la imaginación nos matará como las incisas inutilizadas de los conejos.

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Una respuesta a La imaginación es un dragón hambriento

  1. yuumiiyoo dijo:

    Gruesos e impenetrables son los muros de palabras que defienden el castillo del planeo del dragón.

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