El amor es un fuego
La palabra es la realidad castrada, desprovista de magia. Circunspecta a su definición lingüística, una cosa aparece como separada del resto. El universo del diccionario es una colección de cosas en un mundo aplanado. La poesía es el punto ciego del lenguaje, su silencio, su misterio.
Las palabras mente y cuerpo solo tienen sentido cuando se presentan aisladas la una de la otra. Y, sin embargo, mente y cuerpo solo entusiasman cuando van de la mano.

La intensidad de nuestro sufrimiento depende de la intimidad entre cuerpo y mente. Cuanto menos se conocen y cuanto más se odian, peor sabe la existencia. Cierto que en algunos casos, a primera vista, una vida parece vibrar en el paraíso mientras su mente y su cuerpo viven en realidades paralelas. Pero entonces siempre se anda en búsqueda de sabores, no se saborea a la existencia sino que se la consume. No consumir la vida sino consumarse. Dejarse arder con las ventanas de la mente abiertas al mundo de los sueños.
Conocerse cómo Adán y Eva se conocieron
La mente aprende a conocer el cuerpo escuchándolo, entendiendo su idioma sensorial, y siguiéndolo, aflojando el control. Cuando la mente sigue al cuerpo lo hace en el mundo compartido. No existe ningún cuerpo que no sea una continuación del espacio, ningún cuerpo existe de manera aislada. Cuando la mente aprende a conocer el cuerpo aprende a conocer sus relaciones.
El cuerpo aprende a conocer la mente arrojándose en una dirección u otra. Solamente atravesando distancias y territorios el cuerpo puede intimar con la mente. Cuando el cuerpo viaja descubre miedos, deseos, juicios y fantasías. El cuerpo en movimiento siempre habita en parte un mundo imaginal. Viajamos por el mundo para darnos de bruces con verdades íntimas. “Mi verdadero nombre se encuentra al final del viaje”, decía El Caballero inexistente de Italo Calvino. Lánzandose al mundo el cuerpo intima con la mente.

Entregarse a lo imposible
Hay tres modos de profundizar en este conocimiento de mente y cuerpo: meditar, danzar, vivir.
Queramos o no, vivir es trenzar un cuerpo y un testigo, una mente.
Danzar implica querer potenciar esta relación entre mente y cuerpo. Y no puedes potenciar lo que no entiendes.
Meditamos para darnos cuenta que nunca hubo otra cosa que los dos lados de la medalla.
Meditar es realizar que hay un solo mundo: mente y cuerpo.
Vivir es una fatalidad. Sin lugar a duda, cada cual avanza en el tiempo de la vida afinando como puede una línea de conocimiento y delirio. Danzar y meditar son opcionales.
A muchas personas nos gustaría pensar que la danza es meditativa. Hasta que te pones a meditar seriamente y la danza queda en ridículo. No que sea risible, la danza es maravillosa. Pero quien medita seriamente sonríe al oír la expresión danza meditativa. Es difícil generar el encuentro entre danza y meditación. La danza es movimiento y la meditación es quietud. Pero ningún movimiento tiene sentido sin pausa, sin suspensión, ni ninguna quietud puede detener el movimiento que somos, el aliento, la combustión, la gravedad, los sueños. La danza es el puente entre la sabiduría de la meditación y el conocimiento de la vida. La danza abre el espacio donde la meditación (afín a la muerte) y el movimiento (vivaz) pueden interaccionar. En la danza butoh vida y muerte pueden enamorarse.

La vida es convivencia entre mente y cuerpo. La danza es una historia pasional y sexual entre los sueños de la mente y la carne del cuerpo.
La meditación es terapia de pareja.
(El yoga es matrimonio – da estabilidad en la dirección a cambio de menos goce en el roce.)
Quien danza sin vivir entiende su cuerpo como un objeto. La danza no transforma su vida, su vivir, sus ojos. Practica esta danza o esta otra, se divierte el viernes por la tarde. Pero su danza no se adentra en el vacío del lenguaje, en la magia del mundo.
Quien danza sin meditar es como alguien que escribe sin leer.
Quien medita sin danzar carece de puentes para comunicar la riqueza interior. Vive modestamente.
Nosotros amamos porque sabemos que es imposible. Un poco a la manera de Tertuliano, solo como más sangre. Sabemos que la separación es fatídica y aun así nos arrojamos en el vacío para hacer crecer el fractal. La posibilidad pertenece al universo del cálculo. La imposibilidad al amor.






