Nacer a escena. Una mirada singular hacia el espectáculo del butoh

¿Ensanchar el arte? No, más bien ve con el arte a tu angostura más propia. Y libérate.
Paul Celan

Ainhoa Alberdí, en Alma negra 00×00, Espacio en Blanco. Foto de Raúl Bartolomé.

Un origen indescifrable

El nacimiento es obsceno. Es un acontecimiento anterior a la escena que sucede en sus márgenes primordiales, en las sombras. El nacimiento de los seres humanos es, aun hoy, mucho más animal que social. El nacimiento reincide en nuestro origen mamífero, origen que la sociedad encubre constantemente con mitos, vestimentas, roles, identidades y dioses. Con arte. El arte a menudo sirve para encubrir la obscenidad del origen. El nacimiento humilla a la soberbia humana.


Necesitamos esta humillación como nuestros pasos necesitan de senderos. Las llamadas a humanizar los partos horrorizaban a un célebre obstetra del siglo pasado que sostenía, más bien, la necesidad de mamiferizar a los partos. La excesiva humanización del parto, dinamizada por nuestra prometeica fascinación por la tecnología, vicia el origen de las vidas. Monitorizamos la ausencia de misterio, dando a luz a vidas medibles y objetivizadas. El narcisismo de la sociedad tecnológica quiere suplantar el origen del mundo para generarse a sí mismo, cerrándose en una oquedad presa de un presente continuo sin otra alteridad posible que un colapso global. Necesitamos mantener vivo lo que sucede en lo no medible, en los sueños, en la incertidumbre, en el vértigo. Necesitamos un origen espantoso. Necesitamos abismos para que no triunfe ningún fundamentalismo, religioso, procesual, político, humanitario o filosófico. Necesitamos un arte que solo pueda verse de reojo.

Una escena para nacer

La observación del nacimiento lo inhibe. La luz intensa lo inhibe. La voz humana y su afán comentarista lo inhibe. El nacimiento no tiene interés en rendir cuentas a los valores sociales. ¿Qué consecuencias de cara a la escena tradicional conlleva pensar la danza desde el cuerpo naciente? ¿Tiene sentido una escena para el arte de nacer?

Se puede abordar esta cuestión desde dos ángulos distintos. El primero consiste en valorar el valor estético del nacimiento en sí. El segundo gravita en torno a la pertinencia del cuerpo y pensamiento nacientes en todas las artes en general, y las artes del movimiento en particular.

1. El valor liberación y el anarquismo estético

El valor estético del nacimiento es fácil de defender porque el nacimiento acontece más allá de todo juicio. Podemos discutir las formas que una persona o un colectivo genera desde su libertad, pero las formas que se atraviesan en la liberación se burlan de cualquier criterio estético. Tenemos (o ansiamos) la libertad formal para poder trabajar a nuestra propia liberación. Cuando sucede una liberación en escena, la vida se emociona. Puede que no te hayan gustado las formas, puede que sientas odio hacia lo que acabas de ver, puede que acabes escribiendo una crítica demoledora instilada en tu propio resentimiento. No importa. No importa al bebé que nace lo que opinan el médico o la madre que lo mirarán entre las piernas antes que nada. El juicio siempre proyecto su propio mundo en lo que ve. El nacimiento es un espectáculo al que le traen sin cuidado los ojos ajenos.

Se objetará entonces que dicho espectáculo no debería presentarse en escena, convocar público ni mostrar su proceso. Por un lado, el arte de nacer utiliza la escena para dinamizar y profundizar su proceso. Sí: el arte de nacer instrumentaliza la atención del público para ponerla a su servicio. Pero a su vez sirve al nacimiento, la liberación del mundo a través de mí. Lo que sucede no es personal. Libero al mundo de su fijación desanudando la identidad de mi persona. Cuando una liberación así acontece, una onda de choque atraviesa los cuerpos y emociona a las almas que la presencian, conmoviéndolas, desencadenando pensamientos y sueños y movimientos. Las consecuencias formales y juiciosas de estos movimientos son impredecibles. Para mí es un acto de fe, una fe necesaria a la participación en un mundo común: hay, en el subsuelo de todos los cuerpos, por debajo de su temor, un manantial de entusiasmo a favor de la liberación.

Entonces, sí, el arte de nacer instrumentaliza la escena para objetivos obscenos, pero a su vez, no hay nada más bello en escena que un nacimiento. Podría incluso decirse que el nacimiento es la matriz de la manifestación artística. Y que la instrumentalización perversa de la escena artística es más bien propia de las convenciones que validan y condenan. Hoy es fácil reconocer esta instrumentalización: ha sucumbido a la fascinación por la tecnología. Su gusto es nulo. Su credo reza así: cualquier uso de la tecnología es bueno, cualquier innovación tecnológica es sublime. Su futuro es nulo: todo caduca nada más manifestarse. No es que envejecen mal las obras del espectáculo tecnológico, es que directamente no envejecen, se olvidan. El tiempo es nuestro origen y la sociedad del espectáculo sueña con un presente perpetuo, imágenes que no viven. Lo que nos lleva al segundo frente de ataque: el arte de nacer es pertinente para todas las artes.

2. Todas las artes nacen

En una conferencia presentada en Madrid hace casi una década, Jean-Luc Nancy hablaba de las artes como de una traducción a una forma u otra de un impulso creativo anónimo. Todo artista es un traductor. Cuanto más profundo el impulso, más universal será la obra. Un artista capta un impulso impersonal y lo plasma en coreografía, en poesía, en una partitura, una novela, un cuadro, una escultura, etc. Algo a través de nosotros nace. El arte sucede cuando este nacimiento no se somete a la utilidad social ni al visto bueno de las instituciones. No es que el arte deba ser inútil por definición, sino que su utilización no le interesa. El arte realmente útil es una exaptación, una utilidad derivada a posteriori.

¿Y si hubiese un arte de la captación? Nancy afirma que el artista capta o recibe una señal, es afectado o transitado por el impulso. Una manifestación se materializa en su cuerpo que materializará su transformación en obra. ¿Y si hubiese un arte del dejarse afectar? Sería un arte anterior a todas las artes, ramificándose en el subsuelo de todas las manifestaciones artísticas. Butoh es ese arte: el arte de abrirse al origen anónimo del tiempo surgiendo y creándonos. Butoh es el arte de escuchar y del dejarse tocar. Butoh es el arte de exponerse al origen, origen común a todas las artes. Butoh es un arte háptico, diría Deleuze.

Por consecuencia, el butoh es pertinente para todas las artes. No importa que escribas en ruso, en francés, en líbico-bereber o en castellano, la lucidez de los sueños siempre nutrirá la poesía. No importa que toques la guitarra o el piano, que pintes sobre lienzos o sobre edificios, la intimidad con la materialidad de tu intuición nunca será una traba a la hora de crear sino todo lo contrario. Da igual que te guste cocinar para tus amigos o dar masajes a tus amantes, la sutileza de tu toque es abundancia para tus mundos compartidos. Para caminar o para morir, para volar o para nadar, la amistad inquebrantable con la gravedad te proporcionará seguridad en el seno de los abismos. Para bailar flamenco o hip hop, para el kabuki o las marionetas, la exuberancia sensorial de tu movimiento es abono el ánimo del espacio común.

No importan las formas del arte que transporta el origen

Una vez escuché a alguien criticar un espectáculo de danza diciendo que se movieron mucho pero movieron poco. No importa todo lo que se hace con las formas, técnicas y tecnologías que nos enamoran si no estamos captando nada por debajo de lo visible y audible. Existe una escena pertinente para el butoh, sabiendo que no todos tienen que disfrutar de las puestas en escena de las personas que prestan su cuerpo a los impulsos universales. No a todas las personas les tiene que gustar lo que se destina a todos. Y existe también una pertinencia del butoh para todas las artes. Porque antes que seres vivos, y antes que seres mortales, somos seres natales. La vida que no nace muere sin saberlo.

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