Butosofia para bailarines, actores, pensadores, músicos, bebedores, soñadores y artistas de todo tipo

Butosofia

para bailarines, actores, pensadores, músicos, bebedores, soñadores y artistas de todo tipo

¿No será esta charla algo conceptual? Del estilo, como el butoh tiene que ver con el silencio y la desaparición de la persona, pues aquí nos tienen, mirando a un atril y una silla vacía. Hay toda una tradición artística que lo justificaría, para la cual un concepto basta para dar legitimidad a cualquier puesta en escena. Una sala negra, un atril solitario, con una página blanca, y una silla deserta: ¡he aquí la butosofia!

Hace más de dos siglos Kant escribió que las intuiciones sin conceptos son ciegas y los conceptos sin intuiciones, sin contenido real, son vacíos. Parafraseando a Kant tenemos una primera indicación acerca de lo que es la butosofia: el movimiento sin concepto es inconsciente y el concepto sin movimiento es estéril. Butosofia es dar a luz conscientemente.

Gracias por haberos desplazado hasta aquí para esta charla de presentación de la butosofia.

1. Etimología

He escuchado alguna vez que cuando una persona inventa una palabra, más que otorgarle un nombre a una nueva realidad, confiesa su desconocimiento de la lengua que utiliza.

Confieso.

No solamente hablo español de aquella manera, con un acento que no pasa desapercibido. No solamente mi español es limitado, sino por encima no tengo la más mínima noción de latín, de griego antiguo ni mucho menos de japonés. Y sin embargo para presentar la butosofia me gustaría empezar con un poco de etimología, quitarle un poco de polvo a las raíces de las palabras.

Butosofia, b-u-t-o-s-o-f-i-a, nace de la conjunción de butoh, con h, y sofia de filosofía. Cuando lancé el blog hace dos años, recibí algunos correos, pocos, tres o cuatro, que empezaban diciendo Hola Sofia… En estos momentos dudé de la expresión.

Filosofía

De cara a las instituciones y ministerios soy filósofo. Etimológicamente: un amante de la sabiduría.

Filo remite al amor, a la atracción. Filántropo es aquel que ama a los seres humanos, al antropos, cuya lógica estudia el antropólogo.

Sofia viene del griego sophôn, sabiduría, saber, etc. Un filósofo no es un sabio sino un amante de la sabiduría. Basta con acercarse a una clase de filosofía en la universidad para entender que ahí nadie se hace sabio.

La palabra filosofía me resulta redundante. Como escribió hace poco Alain Badiou, en un librito titulado Sobre el amor, quien para pensar no arranca desde el amor, desde una erótica del pensamiento, quien no penetra el mundo que estudia, quien no se siente invadido por el mundo que se propone comprender, en otras palabras, quien sigue relacionando la verdad con una idea de objetividad distante y fría, esta persona no es digna de llamar a sus procesos intelectuales con el nombre de pensamiento.

Amar y pensar, para recurrir al título de un libro de Santiago López Petit, libro a la antípoda de la autoayuda, amar y pensar, la compenetración del intelecto y el mundo, van de la mano. Filosofía por consecuencia es una palabra redundante. Amor a la sabiduría… Y, me pregunto, ¿qué monstruo sería una sabiduría que no ama?

Sofia, sabiduría, pues, es suficiente, sabiduría ya implica amor. Cuando la sabiduría es sabia, ¿y cómo podría no serlo?, ya se mueve desde el amor.

Butoh

La significación en japonés de butoh resulta más difícil de descifrar para mí. Sólo puedo compartir con vosotros algunas lecturas con más o menos relevancia y un par de conversaciones. No tengo nada concluyente y al no conocer el idioma del sol naciente no puedo hacer conexiones ni irme por las ramas como nos gusta hacer a los filósofos que no dejamos de ser también monos.

A. Avanzar según necesidad

Una primera posibilidad. Bu significaría poner el pie. Toh: donde es necesario. Butoh: poner el pie donde es necesario. Avanzar según necesidad.

La butoísta Carlota Ikeda decía que no existe nada que la irrita más que un gesto innecesario sobre el escenario. Rhizome Lee en su escuela del Himalaya repite sin cesar “qué necesitas hacer”, “cuál es tu necesidad”.

Butosofia por consecuencia sería la sabiduría de la necesidad, el amor consciente a lo necesario. Existe una larga tradición filosófica para la cual la verdad remite a la necesidad, a lo que no podría ser de otro modo. Quitando lo superfluo y los artífices, prestando atención a lo necesario, estos sabios pretenden acercarse a la verdad. De hecho, la palabra erudición, etimológicamente hablando una vez más, significa quitar lo rugoso. Aprender es lijar, retirar, quitar…

B. Entre cielo ordenado y subsuelo

Otra posibilidad etimológica para el butoh, que difiere un poco de la primera sin oponerse a ella: bu remitiría a la parte inferior del cuerpo, cintura hacia abajo, en dirección a los pies, y toh se referiría a la parte superior, cintura hacia el cielo, hacia el orden cósmico. El movimiento de las estrellas representa la necesidad, testimonia de realidades que serán como son independientemente de la voluntad humana.

Según esta etimología, el butoh pone en relación a los mundos superiores con los inferiores, las cumbres del psiquismo con las raíces y las inmundicias, la espiritualidad con lo grosero y lo grotesco. El orden con el caos. El butoh sería un puente entre mundos.

Butosofia sería entonces la sabiduría amorosa para los espacios intermedios, para los lugares que conectan, que ponen en relación, que articulan. Sería una sabiduría alérgica a los caminos de elevación que repudian tocar el mundo y lo inmundo y a las ideologías que no curiosean fuera de sí. Una sabiduría que conoce tanto los rayos de sol del alba que se dan a conocer solo a los solitarios, como la oscuridad donde las raíces se hunden entre los gusanos, los topos, las arañas y demás criaturas de sangre fría que viven entre multitudes. Butosofia sería un pensamiento que eleva el mundo y que lo profundiza en lugar de pretender elevarse sobre el mundo.

Si los árboles entendiesen la espiritualidad del mismo modo que lo hacen la mayoría de los seres humanos, sobre la tierra no habría ningún bosque. Únicamente lo que se hunde puede realmente elevarse. Lo que quiere elevarse sin pisar tierra no entiende que este planeta ya está volando, girando alrededor del sol.

C. Danzas sin nombre

Otra posibilidad etimológica, y la última para hoy, para la palabra butoh la hace radicar de buyoh. En Japón tienen una palabra para cada danza, como aquí diríamos Tango, Flamenco, Jota, Ballet. Buyoh es una denominación que agrupa a las danzas sin nombre, aquellas cosas que reconocemos como danza pero que para las cuales no disponemos de nombre, las danzas de los extranjeros por ejemplo, o los movimientos extraños y los aspavientos sin sentido. Buyoh es el cajón desastre del movimiento.

Butoh sería entonces las danzas que no sabemos nombrar. Danza en general, sin forma particular, movimiento sin ataduras a ninguna tradición. Butoh sería un movimiento que escapa al dominio del lenguaje humano. Butoh sería la danza oscura, la danza de la oscuridad, del no-saber, de lo informe. Sería la danza que el lenguaje no puede encasillar.

Butosofia sería por consecuencia la sabiduría que se interesa por los territorios de la existencia donde no alcanza el lenguaje. Sería la sabiduría que renuncia a la arrogancia de pensar que lo que no tiene nombre no existe. Sería la sabiduría que tiene la humildad de prestar oído a lo que ignora en lugar de proclamar lo verdadero y profesar el moralismo. La butosofia asume la derrota del lenguaje que Theodor Adorno proclamó después de Auschwitz y el Holocausto. La verdad no pertenece al lenguaje y la función del lenguaje no es decir la realidad sino esculpirla, no es unificar ni comunicar sino dividir, analizar, desmontar. La función del lenguaje butosófico no es sistematizar sino abrir. Más que respuestas funciona a base de preguntas, paradojas y de puntos suspensivos.

Marco Cornelio Frontón fue amigo y maestro del famoso emperador romano Marco Aurelio, conocido como el emperador filósofo. Frontón una vez le dijo a su amigo, y me encanta repetirme a mí mismo estas sabias palabras. Permítenme citar: Tienes que conocer el lenguaje como la palma de tu mano. Tienes que conocer las palabras como la yema de tus dedos para no ser el esclavo del lenguaje. El lenguaje es una ventana. Usa el lenguaje, y el vacío del lenguaje, para mostrar el mundo que las palabras nunca tocarán.

La butosofia es un pensamiento que toca el mundo. Su materia prima por consecuencia no pueden ser las palabras.

Resumen

Recogiendo estas indicaciones etimológicas podemos decir que la butosofia abre un espacio de investigación donde la supremacía moral y espiritual del lenguaje humano – al principio era el Verbo – queda en entredicho en beneficio de un movimiento necesario, que sucede en un lugar a caballo entre las estrellas y las alcantarillas. Butosofia es una palabra para señalar un modo de conocer el mundo y la verdad a través de la experimentación, un modo de pensar que toca más que enuncia. Pero tocar en un sentido particular.

Deleuze y Guattari introducen un concepto en Mil mesetas que no tiene traducción al español: haptique. Lo traducen por tocar, o háptico. Pero no es el tocar del toque. Los colores, las luces tocan mi retina, las moléculas que componen un olor entran en contacto con mis sensores en las fosas nasales, las ondas de los sonidos hacen vibrar mis tímpanos. Igual con los sabores. Hay un tocar por debajo de todos los sentidos, un toque transversal a todos los sentidos. El pensamiento nace del contacto con el mundo. La butosofia piensa en situación, en lugar de pensar sobre ella, piensa en el embrollo, en el proceso, piensa mientras nace.

Una vez preguntaron a Tatsumi Hijikata, el creador del butoh, si el butoh era una filosofía. Dijo que no, que por el momento no lo era, pero que podría serlo algún día. Tal vez ese día ha llegado. Tal vez podríamos pensar nuestro cuerpo, nuestro espacio, nuestro mundo y nuestra vida en clave butoh. Hijikata decía que había que buscar la oscuridad para poder seguir naciendo. ¿Cómo sería pensar naciendo? ¿Cómo sería eso?

2. Filosofía natalicia

Fue en India donde por primera vez utilicé la palabra butosofia.

No sé si habéis estado alguna vez en la India. Hay mucha gente con mucho tiempo libre. Los turistas y los Indios tienen todos la misma pregunta en la boca: where are you from ? ¿De dónde eres? En una ciudad no puedes caminar ni cinco metros sin que se te acerque alguien a preguntarte de dónde eres… Resulta rápidamente exasperante, sobretodo cuando te das cuenta de que les importa un pepino de donde eres. Los Indios quieren los billetes, al no ser que te quedes un largo tiempo en un lugar y consigues atravesar la barrera económica, los guiris como tú quieren matar el aburrimiento… A mí me resulta exasperante que me pregunten de dónde soy porque entiendo que viajamos para liberarnos de nuestro pasado, para encontrar algo de un origen que nada tiene que ver con el pasaporte que llevamos.

Llegué a Dehli el 1 de marzo de 2011. Fui directamente a Jogiwara, donde se encuentra la subbody butoh school que creó Rhizome Lee al principio de los años 2000. Desde Dehli se coge un autobús, a la seis de la tarde. Durante casi diez horas se va recto, y plano, una parada para tomar un primer chai. Ni el autobús ni la calidad de las carreteras permiten un viaje suave. El sueño, si se consigue, es muy ligero. A las primeras luces del alba, abres los ojos y empieza la subida. La mítica Himalaya. No hay transición. De la pradera emerge una pared de 8000 metros. Tres horas de zigzag vertiginoso después, el autobús llega a Dharamshala y luego a McLoed Ganj, a más de 2000 metros de altitud, feudo famoso porque ahí reside el Dalai Lama y el gobierno tibetano en exilio. Se puede ir a la escuela de butoh caminando, en el pueblo de al lado. Iba a terminar mi tesis doctoral en filosofía con un experimento de nueve meses en silencio, buceando en la oscuridad del cuerpo, para integrar en el cuerpo del pensador los conceptos más interesantes que había reunido en los años anteriores. Me fui sin ordenador y muy orgulloso de ello. Tuve que comprarme uno en la primera semana. Ahí tecleé por primera vez: Diario butosófico.

La escuela de Lee está a 2000 metros. Vivía en un estudio, cocina y habitación juntos, y un pequeño baño occidental, y unos ventanales enormes hacia el este y el sur. En frente mía, no a lo lejos, ahí, casi al alcance de la mano, cumbres de cerca de 6000 metros. El Himalaya sigue creciendo, estas tierras siguen empujando fuera, siguen elevándose, cuando estás ahí sigue pulsando el centro de la tierra bajo los pies. Hay árboles gigantes y manadas de monos por doquier, incluso en tu casa el día que dejas la ventana abierta, escorpiones bajo las rocas y a veces bajo tu cama, águilas camino a las estepas mongolas que hacen círculos en los cielos, leopardos de montaña que salen al atardecer y que felizmente nunca conocí de cerca, centenas y centenas de monjes tibetanos rodeados de miles de blancos más o menos perdidos en este mundo que preguntan a las togas púrpuras lo que nunca preguntaron a las togas negras, tal vez se hubiesen ahorrado un viaje.

Un día me desperté rabioso. Desayuné en mi balcón encima del infinito, asaltado por avispas e insultando a las mariposas. Puse mis botas y me propuse ir a atacar a la montaña. Las subidas son muy inclinadas, my empinadas. Bajé hacia el arroyo y subí lejos del pueblo, a solas con las piedras, la hierba y los cuervos. Hacía pisadas gigantes, iba con mucha prisa a ninguna parte. Los muslos me ardían. Hacía un sol de justicia. Águilas, decenas de águilas, hacían su danza de muerte en el cielo, su danza circular. A veces se encuentran bastante bajos como para que su sombra quede bien definida en el suelo. Ví una de estas sombras, hice un paso más grande aun, al límite del salto y escuché un grito a lo lejos. Hé ! Me dí la vuelta. Allá en el valle, a lo lejos, había una persona, gesticulando, gritando, caminando en la dirección donde me encontraba. Seguí subiendo. Pero hubo más gritos. Volví a mirar. Era un monje, un tanto redondo, muchos monjes tibetanos lo son porque a veces en los monasterios es donde pueden comer. Parecía dirigirse a mí. ¿Se me habrá caído algo? Lo tengo todo. Miro alrededor. Nadie de nadie. Subí los hombros y arranqué de nuevo. Pero éste gritó más fuerte aún. El sol pegaba también más fuerte, era medio día. Lo miré de nuevo. ¿Dónde va este payaso? Está fuera de duda, está solicitando mi atención. ¿Qué querrá? Me resigné a esperarle, de muy mala gana. Hay que admitir que el pobre monje hacía grandes esfuerzos para subir lo más rápido que podía. Cuando llegó hasta donde yo estaba, no podía con su alma. Sin aliento, chorreando de sudor en su cabeza rapada. Lo miré con unos ojos asesinos, como diciendo: ¿Qué? ¿A qué vienes disturbar mi santa ira? Él quería hablar y no podía. Apoyaba sus manos sobre sus rodillas. Balbuceaba pero no había manera. Se sentó en una roca polvorienta. No había viento ese día. Al estar quieto, se notaba el frescor del aire. El frío me acariciaba en la sombra, en el dorso de la mano, y el calor del sol achicharraba la frente y la palma de la mano. El monje tomó una respiración profunda. Me miró sonriendo y dijo: where you from? ¿Qué, le dije? Y repitió: ¿De dónde eres? ¿Yo? ¿De dónde soy? No me lo podía creer. Soy de la barriga de mi madre, le solté con un tono desafiante. Y el monje estalló en carcajadas. Y rió y rió, el pobre, si antes no podía con su alma, ahora se le estaba escapando todo el karma. Me miraba y reía y lloraba, imitaba con sus manos el vientre de una mujer encinta. Se pegaba la frente, los muslos, hacía pausas en su risa sonora para inhalar con dificultad. Y reía y reía. Y yo sonreí. Me senté en el suelo, entre los hierbajos. Se posó un cuervo muy cerquita de nosotros. Miraba al monje descojonándose y su risa se me contagió. Me mira, mira alrededor nuestro como si en la mitad de la nada alguien más que el cuervo y un escarabajo podía escucharnos. Avanzó su rostro así hacia mí, y me dice: me too. Yo también, y hace una vez más el gesto con su manos mostrando el barrigón de una mujer a punto de parir. Venimos del mismo lugar, pero diferente. Y siguió riendo. Nos quedamos ahí un largo rato. Se hicieron silencios, intercalados con risas discretas. Me miraba y reía. Yo ya no tenía prisa. Un momento dado nos levantamos. Seguimos subiendo la montaña. A dos cientos metros más arriba pasaba el camino que une Bagsu y McLoed. Él seguía riendo, haciendo pequeños nos de la cabeza. Cuando llegamos al camino se fue hacia McLoed y yo hacia Bagsu. No nos despedimos realmente. A lo lejos lo escuchaba reír. Lo imaginaba susurrándose para sí mismo, de la barriga de mi madre, haciendo así con sus manos, y reír balanceando la cabeza. Al final no fui hasta ninguna cumbre, caminé lentamente e intenté resonar con los cuervos. ¿Qué piensan? ¿Qué sienten? ¿Cómo se es cuando se es cuervo? ¿Cómo miran, cómo caminan, cómo vuelan, cómo duermen, con qué sueñan?

Venimos de la barriga de nuestra madre. Somos vivíparos: es decir, somos los que han vivido dentro. Es nuestra primera verdad: somos seres natales.

Desde Grecia se ha querido establecer una relación necesaria entre la verdad – conocible mediante uso de razón -, justicia y felicidad. La segunda guerra mundial acabó de desengañar cualquiera acerca del mal matrimonio entre racionalidad y felicidad. El progreso de la razón humana no es per se un antídoto a la barbarie.

Se calcula que entre el principio de la primera guerra mundial y el final de la segunda más de 100 millones de seres humanos perdieron la vida por culpa de la política humana. En Hiroshima, alrededor de 75000 personas murieron en los instantes que siguieron la explosión de la bomba atómica. El desarrollo tecnológico no nos aleja necesariamente de la desgracia, la injusticia, la muerte.

Adorno decía que después de Auschwitz ya no era posible escribir poesía. Las palabras no son el lugar adecuado para las esperanzas. El lenguaje ha sido derrotado. El estudio de la verdad no da a luz a una felicidad y una justicia mayor. La verdad como la hemos entendido durante más de dos mil años ha perdido su razón de ser.

Pero de ¿qué verdad se trata? Desde siglos, lo que nos une a todos, lo que nos hace a todos iguales, es nuestra condición mortal. Necesariamente todos vamos a morir: ésa es la base del pensamiento de las luces y de todo el pensamiento republicano. La muerte como axioma común.

El pensamiento despliega sus axiomas, sus puntos de partida, sus actos de fe. Pensar construye edificios sobre las fundaciones de su visión del mundo. ¿Cómo podían los seres mortales generar otra cosa que la muerte global (véase los números que acabo de citar)?

Kazuo Ohno, venerable anciano al cual debemos la difusión del butoh en el mundo entero, decía que había que bailar con una mano tendida a los muertos. También decía que había aprendido el butoh en el vientre de su madre. ¿Desde qué lugar se puede bailar con una mano tendida a los muertos?

Para Ohno, para la butosofia, la muerte es una verdad de segundo rango, es una especulación que nadie aquí jamás experimentó. La muerte es una inferencia, un artífice del pensamiento. No niego que moramos pero para morir primero hay que haber emergido, hay que haber surgido en el reino de la vida.

Antes que seres mortales somos seres natales. Es un juego de palabra – que lo cambia todo.

Decir que somos seres natales es muy diferente a decir que somos seres vivos. Déjenme explicarlo. La vida sólo es una parcela de lo que somos. Si pensamos en la Vida con V mayúscula, pensamos en algo que nunca muere. ¿No? La vida se entiende a sí misma en oposición a la muerte, como lo otro de la muerte. Lo que rechazamos nos define, lo que apartamos nos identifica. Para la vida, la muerte es una verdad primordial. Para tener sentido, la vida necesita rechazar la muerte, como la democracia necesita el terrorismo. Dicho entre paréntesis, sólo conozco a una manera de concebir la vida que no se opone a la muerte ni tampoco la niega, es la de Nietzsche: la vida es un reino por conquistar y no algo dado. Cierre de paréntesis.

Los seres vivos, los que tienen una vida, son por definición seres mortales, lo que tienen lo perderán.

Los seres natales al contrario no se oponen a la muerte. De hecho al nacer emergen junto a muchos muertos. Un bebé que nace lo hace en continuación con una investigación plurimilenar.

Pascal Quignard, un escritor francés, sostiene que un recién nacido es más viejo que su madre. Pues su madre está llena de modas y gustos y deseos contemporáneos. El recién nacido emerge del fondo de los tiempos, es ajeno a nuestra época, mucho más que la madre, toda impregnada de novedad. Su bebé es una antigüedad en surgimiento.

Nacemos y sabemos cómo respirar, cómo succionar la teta, cómo digerir el calostro, nacemos activando la memoria de los muertos que nos precedieron. En la primera bocanada de aire el aliento se reencarna, el apetito se reencarna en la succión, la satisfacción se reencarna en la deglución. Estas experiencias son reales y no implican una dualidad, un discurso que opone zonas de lo real, vida versus muerte, etc.

El filósofo italiano Roberto Esposito, en su libro Bíos. Filosofía y biopolítica, llega a la conclusión que la vida es un fenómeno del nacimiento y no al contrario como solemos creer. El espacio brota, se abre, emerge, se crea y la vida aparece dentro de algo que ya nace desde hace tiempo. La vida tiene un principio, un desarrollo en varios actos, un final. El nacimiento no, el nacimiento no sucede exclusivamente en el tiempo lineal. El tiempo también nace. El nacimiento da a luz incluso a la temporalidad.

Para Pascal Quignard nacer es más alto que vivir porque al contrario de la verborrea de la vida que anhela conjurar la muerte, sea con verdades, con nombres famosos, con historias y mitos, sea con diversión y entretenimiento, a diferencia de la palabra de la vida, el grito del nacimiento no surge en oposición a nada. Pura salida, pura emergencia, puro don, pura donación, pura manifestación de un espacio naciente.

Nacer, escribió Jean-Luc Nancy, es el nombre del ser. Nada menos.

Es un error, o al menos testimonio de una perspectiva estrecha, comprender el nacimiento como la venida al espacio de un cuerpo individual. Lo que nace siempre es un espacio plural. No habitamos en un receptáculo físico tridimensional sino que vivimos en un mundo de relaciones.

En una de sus viñetas, Quino, el creador de Mafalda, lo ilustra con mucho humor: la madre de Mafalda le manda hacer algo que a Mafalda no le apetece para nada. Ella se ofusca y pregunta porqué tiene que hacerlo. La madre le contesta porque lo digo yo y soy tu madre. Y qué, dice Mafalda, yo soy tu hija y hasta donde yo sé, tuvimos la promoción el mismo día. El bebé y la madre nacen juntos. El feto y la placenta nacen juntos. Nunca estamos solos.

Venimos del ahí, de la barriga, y vamos hacia el aquí. Al aquí aun no hemos llegado, nuestro cuerpo alberga espacios que no pertenecen al lugar donde nos encontramos ahora. Nuestro cuerpo está a la vanguardia de un pasado que emerge, que chorrea, que crea el espacio donde coge forma, donde se materializa.

Aquí y ahora no son la solución, no son la verdad. Aquí y ahora es donde podemos captar algo que surge sin tiempo ni espacio.

No hay espacio, escribió Jean-Luc Nancy, sino solamente espaciamiento, del cual nosotros formamos parte. En la expresión ser-los-unos-con-los-otros, ni los unos, ni yo, ni los otros son primero sino el con que los une. En la base del ser hay una relación, un vacío que pone en relación, una disposición, una diferencia, un hiato, una apertura. El origen es una ausencia, un vacío que posibilita la relación, el entre donde nos entretejemos.

De ello da testimonio nuestro ombligo. En nuestras sociedades que apostan absolutamente todo sobre un concepto individualista de la existencia, es común decir que una persona que piensa demasiado en sí misma se mira el ombligo. No hay que mirarse mucho el ombligo si no queremos perdernos el mundo. Pero ¿y si esta interdicción moral fuese una trampa? Pues ¿qué es el ombligo sino una cicatriz? ¿Qué es el ombligo sino la prueba material y corporal de que nunca hemos existido por nosotros mismos, qué nunca hubo algo así como un individuo – un indivisible?

Peter Sloterdijk, en su maravilloso libro Esferas, tomo I, sostiene que la emergencia del principio individualista como principio sagrado de la filosofía política coincide con el desprecio a la placenta. Cuando la idea de individuo se afianza en las mentes empezamos a tirar la placenta a la basura como un mero deshecho. No siempre fue así. Es una costumbre no muy vieja, de unos tres siglos no más.

Sloterdijk llama a la placenta el órgano-con. Nos separamos de la placenta, creando el ombligo, para aterrizar en los brazos de nuestra madre, recién promocionada. Salimos de las faldas de nuestra madre camino a la autoridad del padre, o al cuidado de los amigos, o a la complicidad con un amigo imaginario, o a los amores y desamores con una pareja, o a la protección de un ángel guardián, o en búsqueda de un dios que escuchara nuestras plegarias, o de un psicoanalista, o de un móvil o un televisor, o un autor que nos gusta, unos personajes de series que nos cautivan, siempre en relación con algún ser complementario, siempre, siempre envueltos en un espacio de resonancia, de mutua afectación. Siempre dentro. Vivíparos.

Nuestra esencia es relacional, es plural. Lo demás son efectos de perspectiva, ilusiones ópticas o ficciones jurídicas.

Kazuo Ohno solía decir que compartimos nuestros cuerpos con muchos, muchos otros, seres vivos, muertos y fantasiosos todo junto. El cuerpo es un lugar de comunidad, donde se entretejen memorias cuyo origen resulta imposible de rastrear en el tiempo.

3. Un butoh para todas las artes

Jean-Luc Nancy dedicó toda su obra a producir una ontología del con, es decir una filosofía del ser compartido.

No es que somos y luego compartimos, si queremos. Somos en primer lugar compartición, división, diferencia, disección, desgarre. Los embriones lo saben: las células se dividen. Existe un con, un espacio que se abre, y desde el cual emergen trayectorias, verdades, ficciones, convenciones, derechos, individuos. Todo eso es secundario.

Nancy goza de cierta fama en España, hay unos cuantos especialistas suyos en los campus españoles y viene relativamente a menudo a este país.

Estuvo en la complutense de Madrid hace tres años, había unas jornadas dedicadas a su obra, y dio una conferencia sobre el arte. Dijo que todas las artes plasman algo de una realidad común. Un artista capta algo de una realidad compartida, algo de un subsuelo donde se hunden y beben las raíces de cada cuerpo. Algo de esta realidad compartida pasará a la escultura, al poema, a la coreografía, al juego de las emociones de un actor, a la melodía. Según Nancy, el arte es realidad compartida plasmada en una obra.

Me pregunto si habría algún arte transversal, algún arte por debajo de todas las artes. Algún arte anterior a la plasmación, anterior a la producción de una obra, algún arte que precediera la generación de una forma. Algún arte correspondiente al toque común a todos los sentidos. ¿Existe algún arte de la captación? ¿Cómo captamos esta realidad común que nos compone? ¿Se podría desarrollar un arte de captar, de percibir, un arte de la afectación, del dejarse afectar? ¿Un arte anterior a la producción de una obra? ¿Un arte sin otra plasmación que la percepción de esta realidad común? ¿Una creación libre de producción?

Me pregunto si hay un butoh en el trasfondo de todas las artes.

La captación, la percepción y la sensibilidad ya suponen un movimiento. El butoh es el arte de dejarse afectar, de dejar espacio a lo que pulsa, a lo que surge, a lo que deja huella, a lo que nace en el espacio que somos. El butoh presta oído al tiempo que se amontona en los cuerpos para dejarle salida, dejarle espacio.

Si al imaginar un movimiento necesario, una afectación de una realidad compartida os viene en mente un movimiento muy lento, excesivamente sutil, delicado hasta la inmovilidad, cualidades que han pasado a ser características del butoh, paradójicamente, pues lo que reconocemos, lo que encasillamos, ya no es butoh, si os vienen en mente estas cosas os aconsejo acercaros a una sala de parto, para ver si todo lo necesario es sutil y delicado. Cualquier cosa es posible.

El mundo común es una realidad que captamos en nosotros. No tengo que elegir entre yo y el mundo sino entregarme al entre… que no conoce la frontera entre dentro y fuera. Respiramos el mismo aire, dentro de nuestra caja torácica la superficie de nuestro cuerpo en contacto con el exterior es sin común medida con la superficie de nuestra piel. Fisiológicamente hablando, hay más exterior dentro que fuera. La gravedad que compartimos tampoco es una realidad externa. Las sensaciones físicas presentes allá donde hay vida tampoco nos son propias. Merleau-Ponty escribió que todas las sensaciones pertenecen a campos. Los campos se afectan entre sí. Al notar tal o cual sensación sobre o dentro el cuerpo percibo un mundo común, sentirse es ya compartirse.

Percibiendo, analizando, dividiendo, abriendo, desmonto la individualidad, la oposición ficticia entre dentro y fuera, abro grietas en el cascarón del yo, permito que se asome una realidad que no necesita de las convenciones del lenguaje. Deshacerse crea mundo. Deshacerse crea una realidad oscura, inasible, indescifrable. El butoísta vuelca su atención al espacio en el marco de su cuerpo y a partir de ahí invita mundos, muertos, sueños, fantasías. Contactando con la realidad espacial libera el anverso del mundo convencional. Del mismo modo en que viajan los chamanes, el butoísta abre espacios replegados, negados, abandonados.

Recuerdo haber visto a Hisako Horikawa performar, bailando así y asá. Me absorbió. ¿Qué criatura es esa? ¿De dónde viene? ¿Dónde está? ¿Qué mundos está trayendo? Y cuando termina se va así, con el mismo cuerpo encorvado que la criatura…

Johan Sebastián Bach escribió que el problema no era encontrar a sus melodías sino no pisotearlas al salir de la cama por la mañana.

El arte brota de la noche. Hace miles de años nuestros antepasados pintaban en las cavernas sólo a partir del momento en el cual la luz del día no llegaba. Las pinturas rupestres se encuentran ahí donde empieza la oscuridad total.

Nosotros mismos emergemos de la noche la más enredada, la más intricada, la más enrevesada. Por eso esta realidad común no lleva nombre, ni siquiera él de vida.

Cualquier colectivo nombrado actúa directamente contra el mundo que somos. Cuando se le otorga un contenido concreto a la palabra nosotros, siempre aparece un colectivo opuesto, un chivo expiatorio.

Nos-otros. La alteridad en nosotros, nuestra intimidad como alteración. Lacan creó el concepto de extimo para señalar que en nuestros adentros está el mundo que habitamos. En lo más íntimo encontraréis el exterior. Y vice-versa.

Un colectivo que fantasea un interior y un exterior, un colectivo que se despliega según la dualidad nosotros / ellos, este colectivo extorsiona la riqueza del mundo y vampiriza los cuerpos que lo conforman.

Tatsumi Hijikata decía que el butoh significa bailar desde el cuerpo que no nos ha sido robado. Bailar butoh es abandonarnos a las partes de nosotros donde no alcanza el lenguaje, donde aun nuestra identidad – que siempre pertenece a un grupo cerrado, tu dni a tu estado, tu alma a tu clérigo, etc – no se ha instalado.

La creación es un acto negativo. Separar la luz de las tinieblas, el día de la noche, la tierra de las aguas. Crear es separar. Pensar es analizar, dividir, destruir. Pensar es abrir espacio, ensanchar el nosotros. Este mundo esta sobrecargado. Hay que producir sólo lo necesario, lo que nos urge, lo que nos empuja.

Nuestra labor como artistas y como pensadores es exponernos, rompernos y entregarnos a lo que surge, a lo que nos atraviesa, verdades y comprensiones y flechazos, comprometiéndonos a explorar las desviaciones abiertas en la ruptura, siendo fieles a lo que nos ha roto. No pisotear las melodías que nos invaden, no ahogar las criaturas que nos visitan, no acallar la inspiración.

No soy yo quien sufre en el mundo, decía Émil Michel Cioran, sino el mundo que sufre en mí. Para terminar, podría resumir la butosofia parafraseando a Cioran: Podemos seguir haciendo lo que hacemos pensando que no soy yo quien crea en el mundo sino el mundo que crea en mí.

Muchas gracias.

(Charla pronunciada en Espacio en Blanco, Madrid, los sábados 17 de enero y 7 de febrero.)

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