De brujas y sombras (semanas 2 y 4 de abril)

Junto las dos últimas semanas de abril, dejando la tercera de lado que fue una clase abierta de introducción al trabajo. Habrá otra de éstas el jueves que viene, que también es festivo. Junto las dos semanas porque realizamos un mismo trabajo en dos etapas: aplicar una imagen al cuerpo construyendo la particularidad de esta imagen en función de nuestra visión del mundo y de nuestro bagage de memorias y vivencias.

 

1. Brujas

Empezamos la clase recordando prácticamente la imaginacción, el trabajo de aplicación de imágenes:

1. Soñar (imaginar sin hacer ni frenar) y anotar los cambios sensoriales

2. Explorar el sueño, añadir detalles a la fantasía, comprensión personal de la imagen

3. Explorar las sensaciones, permitir sútiles intensificaciones, utilizar la mente con lupa y amplificar determinados cambios sensoriales que se manifiestan naturalmente

4. Explorar el movimiento, desplazar la imagen en el espacio

No es necesariamente un proceso lineal pero sí hay que empezar desde la escucha, la recepción de lo otro, empezar desde la alteración inducida por la imagen.

Seguimos con un trabajo de ochos, amplificando el espacio en las articulaciones y desplegando las tres dimensiones del cuerpo. Recuperamos la idea de las luciérnagas en el cuerpo, que realizamos en septiembre. Añadimos luciérnagas hasta tener un cuerpo compuesto de minúsculos 8 lumínicos: una suerte de cuerpo neutro, disponible para todas las direcciones.

Desde este cuerpo parpadeante investigamos algunas imágenes para el cuerpo entero y algunas imágenes para el espacio. La última imagen propuesta fue la de la bruja.

Hace exactamente un siglo, en 1914, Mary Wigman performó por primera vez la Hexentanz (la danza de la bruja). En esta danza Wigman ponía en duda el mandato de seducir, desmontaba el ideal de feminidad seductora y domesticada. Sondra Fraleigh, en Butoh. Metamorphic dance and global alchemy, describe este espectáculo como una danza chamánica que se atrevió a ser fea.

La imagen de la bruja es recurrente en las coreografías de Hijikata Tatsumi. Habla de la bruja, de la gran bruja, de la bruja que se evapora, etc.

Investigación personal: ¿cómo es la bruja, la danza fea, la danza antiseducción? Construimos un mundo de movimiento y de sensaciones a partir de la imagen bruja.

 

2. Sombras

Empezamos esta semana observando el espacio de fuerzas y sensaciones que traba el cuerpo. Una sensación en la cabeza y otra en la pelvis, las dos se buscan por fuera, por dentro, se alejan, una busca a la otra que se aleja y vice-versa. Una mariposa en la cabeza y otra en la pelvis que voletean, haciendo que la columna se articule. A veces las mariposas se posan sobre una flor, una sensación se intensifica hasta que vuelven a la cabeza y a la pelvis para articularlas en el espacio. Por fin encontramos un lugar donde descansar en el suelo. Las mariposas salen del cuerpo. ¿Por dónde salen?

Realizamos una pequeña visualización para encontrarnos con la sombra, con la persona más repugnante, con la persona que quisiéramos borrar de la faz de la tierra. Y luego dibujamos por 15 minutos.

Caminata de las cenizas para conseguir un cuerpo frágil y poroso. Luego nos adentramos en nuestro dibujo, nos convertimos en nuestro opuesto. La sombra es una especie de cuerpo comprimido, es un lugar lejano que abre todo un abánico de posibles metamorfosis.

 

3. “El diablo es un anti-yo que ríe”

Hemos terminado ambos días con teatrito, algunos solos, otros en compañía. Cada uno compartió su bruja y el día siguiente su sombra.

¿Para qué la escena?

Hoy en día existe un uso extendido de la escena como pedestal. Entrenamos para desarrollar aptitudes fuera de lo común y un día nos subimos al escenario para mostrar lo mejor de nosotros. Hijikata escribió que el escenario es un altar sacrificial donde el bailarín debe ser sacrificado, puesto en la picota, desgarrado, anonadado. La escena como lugar donde el yo renuncia al dominio del cuerpo.

Sloterdijk dijo que, en nuestra tradición, siempre se concibió al diablo como un no-yo que ríe. En este sentido se puede decir que el butoísta, en sus danzas, tiende la mano al diablo, deja espacio al no-yo. Si se ríe – como sucedió mucho ayer -, pues tanto mejor.

Un coreógrafo dijo que en el butoh se pone en escena lo que no nos gusta de nosotros. Ponemos en el escena no un capital por multiplicar sino pieles que ya no sirven. Compartes lo que quisieras esconder y rebajas el orgullo. La cumbre de la montaña es un lugar pequeño, la humildad del mar es lo más inmenso que hay en la tierra. En la escena mostramos nuestra intimidad con el milagro de la creación, la maravilla de la vida. No buscamos aplausos que convertirían nuestra vida individual en algo especial sino compartir nuestra pasión por este mundo tan especial que nos es común.

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